


El Gobierno busca relanzarse, pero la política no se reinicia con solo apretar un botón
OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Javier Milei atraviesa uno de esos momentos en los que el poder obliga a mirar más allá de las propias convicciones. Durante meses, el Presidente pudo sostener que la economía era el único examen verdaderamente importante. Mientras los indicadores comenzaban a mostrar signos de recuperación, el Gobierno repetía que todo lo demás era secundario. La política, según esa visión, era apenas un ruido de fondo. Sin embargo, la realidad terminó imponiendo una conclusión distinta: ningún programa económico, por exitoso que sea, puede prescindir indefinidamente de la construcción política.
La reunión que el mandatario mantuvo con legisladores oficialistas tuvo algo de balance y algo de relanzamiento. El mensaje central fue que la administración libertaria pretende recuperar iniciativa después de semanas marcadas por turbulencias internas, renuncias resonantes y discusiones que desviaron la atención de la agenda económica. La prioridad vuelve a ser impulsar proyectos legislativos que permitan exhibir gestión y capacidad de transformación.
Sobre el papel, el plan parece razonable. El problema es que el Congreso no funciona con la lógica de las redes sociales ni con la velocidad de los anuncios presidenciales. Entre la voluntad del Poder Ejecutivo y la aprobación de una ley existe un territorio complejo poblado por gobernadores, senadores, diputados, intereses provinciales, negociaciones silenciosas y acuerdos que rara vez se construyen mediante discursos encendidos.
Por eso la pretensión de acelerar iniciativas como la reforma política, los cambios vinculados al régimen de zonas frías o las modificaciones al esquema de inocencia fiscal choca con una dificultad elemental: el oficialismo sigue sin contar con mayorías propias. Esa realidad no es nueva. Lo novedoso es que ahora parece más visible que nunca.
La administración libertaria llega a esta etapa con una paradoja llamativa. Cuanto más sólido aparece Milei en términos de liderazgo personal, más evidentes se vuelven las limitaciones políticas de la estructura que lo rodea. El Presidente conserva niveles de respaldo que muchos dirigentes envidiarían. Sin embargo, ese capital no siempre se traduce en votos parlamentarios.
En el Senado, particularmente, las dificultades son mayores. Allí los tiempos responden a otra lógica. Los gobernadores tienen influencia decisiva y los acuerdos suelen construirse con paciencia. Nadie parece dispuesto a acompañar proyectos sensibles únicamente porque la Casa Rosada los considere urgentes.
El caso de las zonas frías es ilustrativo. La iniciativa despierta resistencias incluso entre sectores que habitualmente colaboran con el Gobierno. Muchos mandatarios provinciales observan con preocupación el impacto que podría tener una modificación de ese régimen en regiones donde el costo de la energía constituye un tema especialmente sensible. No se trata de una discusión ideológica. Es una cuestión política y territorial. Y cuando aparecen los intereses de las provincias, las consignas partidarias suelen perder eficacia.
La situación revela otro fenómeno que comienza a preocupar dentro del propio oficialismo. Desde las elecciones de medio término, en las que se impuso La Libertad Avanza, Milei logró construir una relación relativamente funcional con sectores dialoguistas. Esa cooperación permitió aprobar leyes importantes y sostener gobernabilidad. Sin embargo, el clima actual parece diferente. No hay ruptura, pero tampoco existe el entusiasmo de otros tiempos.
Algunos legisladores que hasta hace pocos meses acompañaban sin mayores objeciones ahora observan con más cautela cada movimiento del Ejecutivo. No porque hayan cambiado de ideas, sino porque perciben un Gobierno más condicionado por sus conflictos internos.
Y allí aparece una cuestión que la Casa Rosada intenta minimizar, pero que continúa generando comentarios en los pasillos del Congreso: la reorganización del poder después de la salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete.
La explicación oficial sostiene que se trató de una decisión personal. Puede ser cierto. Pero en política las decisiones nunca son solamente personales. Siempre producen consecuencias colectivas. Lo que muchos dirigentes oficialistas discuten en privado no es la salida de Adorni, sino lo que esa salida revela sobre las tensiones internas del espacio gobernante.
Las críticas que circulan apuntan en distintas direcciones. Algunas recaen sobre la conducción parlamentaria, cuestionada por sectores que consideran errática la coordinación política en el Senado. Otras se enfocan en los cambios permanentes de estrategia y en la dificultad para consolidar acuerdos duraderos con aliados circunstanciales.
El resultado es una sensación de desorden que contrasta con la imagen de disciplina que el Gobierno intenta proyectar.
La llegada de Diego Santilli agrega otro elemento a la discusión. Su desembarco representa una apuesta evidente por la experiencia política tradicional. Nadie podría acusar a Santilli de improvisado. Conoce el funcionamiento del Estado, entiende la dinámica legislativa y posee vínculos construidos durante años con dirigentes de distintos espacios.
Sin embargo, precisamente ahí aparece el dilema libertario.
La fuerza que llegó al poder denunciando a la llamada casta política se encuentra recurriendo cada vez más a dirigentes formados dentro de esa misma estructura. Es una contradicción difícil de ocultar. Probablemente sea una contradicción inevitable. Gobernar exige capacidades que muchas veces no se adquieren en los estudios de televisión ni en las redes sociales. Pero no deja de ser una contradicción.
Milei parece haber comprendido algo que la realidad se encargó de enseñarle: administrar un país es mucho más complejo que ganar una elección. La política que durante años despreció como una maquinaria inútil terminó convirtiéndose en una herramienta indispensable para sostener su proyecto.
La pregunta que empieza a recorrer el oficialismo no es si el Gobierno necesita más política. Eso ya parece fuera de discusión. La verdadera incógnita es cuánto está dispuesto a ceder de su identidad original para conseguirla.
Porque cada incorporación de dirigentes provenientes de estructuras tradicionales mejora la capacidad de negociación del Ejecutivo, pero al mismo tiempo erosiona una parte del relato que llevó a Milei al poder.
Y ese equilibrio, entre la pureza ideológica y la necesidad práctica de gobernar, será probablemente uno de los desafíos más importantes que enfrentará la administración libertaria en los próximos meses.






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