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Alberto Fernández, un presidente acechado por su ambigüedad política y la presión constante de CFK

POLÍTICA 09/12/2023 Román Lejtman*
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Durante su viaje a Israel en 2020, Alberto Fernández escuchó sobre El Elogio de la Traición, un libro escrito por Ives Roucaute y Denis Jeambar que sostiene la imposibilidad de construir un proyecto político propio sin traicionar al socio de coyuntura.

El Presidente iniciaba su mandato, y Cristina Fernández aparecía en todas las conversaciones rumbo a Tel Aviv. De hecho, Alberto Fernández volaba a Medio Oriente por recomendación de la Vicepresidente, tras un cortocircuito entre el jefe de Estado y el gobierno de Benjamin Netanyahu.

“No estoy de acuerdo en traicionar. Siempre hay que resolver las desavenencias”, opinó presidente con cierta confusión. Los autores Roucaute y Jeambar no habían escrito contra la lealtad, sino a favor del valor de enfrentar una coyuntura y construir un futuro politico personal.

Arriba del avión de Alitalia, el canciller Felipe Solá y el vocero Pablo Biondi escuchaban con cara de poker. Solá y Biondi ya habían sufrido el rigor de Cristina en plena transición a la Casa Rosada, y asumían que Alberto Fernández aprovecharía el empuje inicial para construir su propio proyecto de poder.

El canciller y el vocero presidencial se equivocaron. Alberto Fernández jamás dio ese paso, aunque en la intimidad de Olivos se descargaba contra CFK y diseñaba operaciones políticas que después cancelaba con sus costos palaciegos.

Durante sus cuatro años de mandato, Alberto Fernández confundió con sus actos de gobierno. En sus primeras giras internacionales aparecía distendido y filoso en los razonamientos, mientras que en la Argentina siempre se mostró dubitativo y perplejo. Cruzando la frontera, el presidente se olvidaba de Cristina y era feliz.

Una noche lluviosa en Berlín, Alberto Fernández abrió un bar del hotel adonde paraba y contó a los periodistas la cena que había mantenido con la canciller Ángela Merkel. Le brillaban los ojos, y no se cansó de elogiar la inteligencia de Merkel, que en ese momento enfrentaba la agenda ideológica de Donald Trump.

“Un cuadro”, describió el presidente.

Y una semana más tarde, el mismo presidente recluido en Balcarce 50, no sabía como contener la ofensiva que CFK había lanzado para masticarse a Santiago Cafiero, Marcela Losardo, Gustavo Béliz, Vilma Ibarra y Biondi. En esa época, el canciller, la ministra de Justicia, el secretario de Asuntos Estratégicos, la secretaria Legal y Técnica y el vocero eran la línea de defensa del jefe de Estado.

Sus ministros y secretarios leales pedían al presidente que ejecutara los conceptos básicos de El Elogio de la Traición, pero Alberto Fernández se resistía en las tertulias que protagonizaba en la quinta de Olivos. El presidente dudaba, y en esa incertidumbre de poder, Cristina avanzaba con eficaz sutileza.

El Senado kirchnerista jamás aprobó los pliegos importantes enviados por Alberto Fernández y desde la Secretaría de Energía se emboscaba -una y otra vez- a Martín Guzmán, el ministro de Economía que se mantuvo leal hasta el último instante. Un día, Guzmán se hartó de las contradicciones del jefe de Estado, y renunció para satisfacción de Máximo Kirchner.

En plena pandemia, Alberto Fernández llegó al apogeo de su mandato. Y en ese capítulo crucial de su gestión cometió dos errores que marcaron el inicio de su caída. El presidente trató de “amigo” a Horacio Rodríguez Larreta, por entonces jefe de Gobierno porteño. Ese elogio público irritó a CFK que lanzó una ofensiva palaciega que transformó a la Casa Rosada en un lodazal político.

Alberto Fernández no aguantó la presión y convirtió a Rodríguez Larreta en su enemigo. El Presidente recortó manu militari la coparticipación de la Ciudad de Buenos Aires y con ese gesto inesperado perdió un aliado en la oposición y reconoció que Cristina tenía el dominio operativo de Balcarce 50.

En la peor etapa de la pandemia del COVID-19, Alberto Fernández rozaba el 60 por ciento de imagen positiva. CFK no pasaba del 20 por ciento, y Rodríguez Larreta era el dirigente opositor mejor ponderado de la Argentina. Sin embargo, el jefe de Estado no se animó a romper el status quo y una vez más Cristina cenó en Olivos.

El lazo se cerró con la Fiesta de Olivos y el Vacunatorio VIP. Con estos dos crisis políticas, Alberto Fernández perdió su credibilidad institucional, mientras la economía se deslizaba como consecuencia de la pandemia, la guerra en Ucrania y la sequía. El Presidente no acertaba en la agenda local y empezaba a cometer graves errores en el tablero internacional.

La visita a Vladimir Putin en el Kremlin enfrió la relación bilateral con Estados Unidos, y su posterior viaje a China terminó de complicar los vínculos diplomáticos con Joseph Biden. A Alberto Fernández ya se lo observaba dubitativo en las giras al exterior, y sus discursos se repetían una y otra vez.

La derrota en las elecciones de medio término consolidó la influencia de Cristina y la debilidad política de Alberto Fernández. El Presidente soltó a sus funcionarios leales y permitió que el kirchnerismo colonizara el gobierno. En ese momento, Mario Ishii aconsejó a Alberto Fernández: “Si querés tener poder, tenes que fumigar”, le dijo el intendente de José C. Paz. Nunca sucedió.

Con la imagen pública diezmada, el presidente cedió el poder real a Sergio Massa, que ya había sucedido a Guzmán en el Palacio de Hacienda. Massa estaba aliado con Cristina y Máximo Kirchner, y trabajó 24/7 para enderezar una agenda de gobierno que parecía papel picado.

Al final, Massa se quedó con la candidatura a presidente y Alberto Fernández demostró -una vez más- que tenía una perspectiva particular acerca del poder y su ejercicio cotidiano. Daniel Scioli tiene pruebas sobre este asunto, y Losardo, Biondi, Valdes e Ibarra podrían sumar sus propias experiencias.

En el epílogo del Gobierno, Alberto Fernández aseguró a sus amigos que fue “el único” que enfrentó a Cristina. Se trata de un error de apreciación: nunca le mostró los dientes, y perdió su oportunidad histórica durante la pandemia.

Ayer volvió a Balcarce 50 para hacer su último discurso que se transmitió por cadena nacional. Poco sirvió para dilucidar un interrogante clave de su mandato: si ya sabía como funcionaba el poder en la Argentina, por qué no lo ejerció.

 

 

* Para www.infobae.com

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