


Kicillof o el peronismo dividido, las incógnitas que condicionan el escenario de 2027
OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La carrera hacia las elecciones presidenciales de 2027 ya comenzó a condicionar las decisiones políticas del Gobierno, aunque todavía falte más de un año para que los argentinos vuelvan a las urnas. En la Casa Rosada saben que la posibilidad de una reelección de Javier Milei no dependerá únicamente de los resultados económicos ni de la fidelidad de su núcleo electoral, sino también de la identidad del adversario que termine enfrentándolo. Esa certeza abrió una discusión que excede las diferencias de estilo y pone sobre la mesa una pregunta incómoda para el oficialismo: ¿conviene convertir a Axel Kicillof en el principal antagonista o es preferible dejar que el peronismo llegue a la contienda dividido y sin un liderazgo indiscutido?
La discusión no es menor porque encierra una contradicción estratégica. El gobernador bonaerense representa, para buena parte del universo libertario, la expresión política más distante del programa económico y cultural que impulsa Milei. Su trayectoria y sus posiciones permiten establecer una confrontación entre dos modelos de país que el oficialismo considera irreconciliables. Sin embargo, esa misma claridad puede convertirse en un problema electoral. Cuando una fuerza política consigue presentar a su adversario como la encarnación de todos los males, corre el riesgo de otorgarle una centralidad que hasta entonces no tenía y de facilitarle la tarea de reunir voluntades dispersas detrás de una candidatura común.
En el entorno presidencial hay quienes consideran que el principal objetivo debe ser impedir que la oposición encuentre un punto de convergencia. La fragmentación del peronismo aparece, desde esa perspectiva, como una oportunidad que sería imprudente desperdiciar mediante una confrontación demasiado personalizada. La preocupación tiene un fundamento concreto en los indicadores de imagen que maneja el oficialismo. El monitoreo de opinión pública de septiembre de Management & Fit ubicó la valoración positiva de Milei en el 31,2%, frente a un rechazo del 52,7%. La distancia entre ambos registros introduce una advertencia que ningún diseño de campaña puede ignorar: la identidad del adversario importa, pero también importa el estado de ánimo de una sociedad que evalúa al Presidente a partir de su propia experiencia cotidiana.
La polarización puede ser un instrumento eficaz cuando quien la promueve conserva una posición de fortaleza y consigue ordenar la discusión pública alrededor de sus propios términos. Pero también puede resultar contraproducente cuando el desgaste del Gobierno amenaza con desplazar el centro del debate hacia las dificultades de la gestión. En ese escenario, Kicillof podría beneficiarse de una confrontación que lo coloque en el primer plano nacional, le permita superar las fronteras de su distrito y se presente como la alternativa más reconocible frente al oficialismo. Para un gobernador que necesita ampliar su proyección política, la atención presidencial podría terminar funcionando como una plataforma de crecimiento.
Existe, sin embargo, otra mirada dentro de La Libertad Avanza. Sus defensores sostienen que la confrontación con Kicillof permitiría recordar a los votantes las diferencias entre el rumbo libertario y las políticas que el Gobierno atribuye a sus antecesores. Luis Caputo, ministro de Economía, llegó a definir al mandatario bonaerense como el “anticristo”, mientras que Diego Santilli, jefe de Gabinete, insiste en que la sociedad no quiere regresar al pasado. Desde esa posición, la discusión electoral debería organizarse alrededor de una elección entre continuidad y retroceso, con Milei como representante de una transformación que todavía necesita consolidarse.
El propio Presidente ha contribuido durante buena parte de su gestión a esa lógica de confrontación, con descalificaciones dirigidas al gobernador. No obstante, sus declaraciones más recientes incorporaron un matiz significativo. Al afirmar que su principal rival es él mismo, Milei pareció reconocer que el resultado de su proyecto dependerá menos de las provocaciones dirigidas a sus adversarios que de su capacidad para sostener los resultados prometidos. La afirmación puede leerse como una respuesta circunstancial, pero también como una admisión de que la continuidad política no se garantiza exclusivamente mediante la denuncia del pasado.
La estrategia se complica, además, por la relación que el oficialismo mantiene con gobernadores que conservan vínculos con el peronismo, pero que no necesariamente responden al kirchnerismo. Una confrontación indiscriminada contra todo ese universo podría deteriorar acuerdos políticos que La Libertad Avanza necesita para sostener su gobernabilidad y construir una base territorial más amplia. De allí que algunos dirigentes prefieran reservar los ataques para el kirchnerismo y evitar que la disputa con Kicillof se transforme en una guerra contra el conjunto del peronismo.
En los cálculos libertarios aparece, asimismo, la convicción de que Milei dispone de un piso electoral cercano al 40%, apoyado en su núcleo más fiel. Pero esa estimación, aun cuando resulte alentadora para el oficialismo, no resuelve el problema central: cuánto margen conserva para crecer y qué candidato podría disputarle los votos de quienes todavía no tienen una posición definida. Una oposición identificada de manera inequívoca con el kirchnerismo facilitaría la polarización que pretende el Gobierno. En cambio, un dirigente peronista moderado, capaz de atraer a sectores independientes y votantes de centro, podría alterar los cálculos y obligar al Presidente a competir en un terreno menos favorable.
La paradoja es evidente. El oficialismo necesita un adversario que permita explicar sus diferencias, pero no uno que consiga transformarse en una alternativa competitiva por el solo hecho de ser señalado como enemigo. También necesita que la oposición permanezca dividida, aunque esa fragmentación no puede reemplazar los resultados de la gestión ni resolver por sí misma el problema de la imagen presidencial.
La elección de 2027 se definirá, en buena medida, por la capacidad de Milei para convertir su programa en una experiencia valorada por una mayoría suficiente de ciudadanos. La confrontación puede ordenar identidades y movilizar a los propios, pero no sustituye la evaluación de los resultados. Si el Gobierno consigue exhibir avances que la sociedad reconozca, tendrá mejores argumentos para defender la continuidad. Si, por el contrario, la campaña queda reducida a una disputa de descalificaciones, el oficialismo podría descubrir que elevar a Kicillof al rango de adversario principal no necesariamente debilita al gobernador: también puede ofrecerle la oportunidad de consolidarse como el candidato que Milei necesita para explicar sus temores.
La verdadera decisión estratégica, por lo tanto, no consiste solamente en elegir a quién enfrentar, sino en determinar qué balance de gestión estará dispuesto a poner el Presidente frente a los votantes. La Casa Rosada puede intentar administrar la fragmentación opositora, pero no controlar por completo la evolución de la sociedad ni la aparición de nuevos liderazgos. En última instancia, la reelección no se construirá únicamente con el nombre del adversario, sino con la respuesta que el Gobierno pueda ofrecer a una pregunta mucho más difícil: por qué merece otros cuatro años de confianza.



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