Messi se despide mientras la política busca su rumbo

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay algo profundamente argentino en la escena que se produjo alrededor de Lionel Messi. Mientras el mejor futbolista de la historia recibía el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires y se preparaba para cerrar una etapa con la selección, la política volvía a exhibir una de sus contradicciones más persistentes: celebrar al ídolo que representa una idea de esfuerzo colectivo mientras se discute, casi en simultáneo, cuánto debe financiar el Estado a las universidades públicas. Messi recibía un reconocimiento académico que jamás imaginó y, a pocos metros de esa ceremonia, el poder político y judicial volvían a enfrentarse por el financiamiento universitario.

La imagen del futbolista con el pin de la UBA tiene una potencia que excede al homenaje. Messi dijo sentirse orgulloso de ser doctor honorífico y admitió que nunca había pensado que podía recibir una distinción semejante. Es difícil no advertir la ironía de que esa escena ocurriera precisamente cuando la universidad vuelve a estar en el centro de una disputa institucional. La Justicia ordenó aplicar la ley de Financiamiento Universitario y entendió que el Poder Ejecutivo no puede suspender por decisión propia una norma que ya fue sancionada por el Congreso. El Gobierno, como era previsible, anunció que apelará.

El conflicto no es solamente jurídico. Detrás de la discusión está el equilibrio fiscal que el Gobierno convirtió en uno de los pilares de su administración y, del otro lado, una comunidad universitaria que reclama la actualización de salarios y becas. La Corte Suprema ya había intervenido en la cuestión cautelar y había reclamado el cumplimiento de dos artículos de la norma. El punto más sensible son los salarios: la ley establece una recomposición que permitiría recuperar el nivel de 2023, mientras que el Gobierno concedió un incremento menor. El 15 de octubre habrá otra marcha federal por la Educación. La disputa, por lo tanto, está lejos de terminar.

El enojo presidencial con la Justicia tiene además una explicación política. En el oficialismo interpretan cada fallo que impacta sobre el programa económico como una amenaza al equilibrio fiscal. La sensación de que distintos poderes intentan poner límites a las decisiones del Ejecutivo alimenta una narrativa que Milei conoce y explota con facilidad. El problema es que gobernar también consiste en administrar los límites institucionales, incluso cuando resultan incómodos.

Mientras tanto, el Presidente parece encontrar fuera del país un terreno bastante más confortable que dentro de la Argentina. Milei volvió a reivindicar ante su Gabinete el papel que, según su propia interpretación, tuvo su respaldo a Flavio Bolsonaro en el resultado electoral brasileño. Sus ministros celebraron el relato y el Presidente encontró allí otro argumento para reforzar su convicción de que su influencia internacional crece.

De esa confianza nació también su decisión de viajar a España para participar de la campaña contra Pedro Sánchez, acompañado por figuras de la derecha española. Milei mira el escenario internacional como una prolongación de su batalla política. Brasil, Israel, Estados Unidos y España aparecen en su mapa como piezas de una disputa ideológica más amplia. El Gobierno cree que ese posicionamiento externo puede, además, contribuir a generar interés de inversores extranjeros. Es una apuesta fuerte: transformar la identidad política internacional del Presidente en un activo económico para la Argentina.

Pero la política doméstica no tiene la misma nitidez. Karina Milei y Diego Santilli viajaron a Salta y se mostraron junto a Gustavo Sáenz y Raúl Jalil. Santilli tiene una misión concreta: conseguir los votos necesarios para avanzar con la reforma electoral. Al mismo tiempo, su influencia dentro del Gobierno continúa creciendo. El cambio en el ENACOM, con la llegada de Andrés Michelazzo en reemplazo de Juan Martín Ozores, funcionó como otra señal de ese proceso.

En ese tablero aparece Patricia Bullrich, cuya relación con el oficialismo atraviesa una zona de mayor sensibilidad. Sus declaraciones sobre la industria en IDEA generaron malestar y, luego, volvió a circular una frase en la que dejó abierta la posibilidad de competir electoralmente. Aunque desde su entorno intentaron relativizar el alcance político de esas palabras, el episodio demuestra que en el oficialismo ya no alcanza con administrar el presente. También hay que empezar a ordenar las expectativas de poder del futuro.

El PRO tampoco encuentra demasiada tranquilidad. La tensión entre Jorge y Mauricio Macri dejó de ser una cuestión subterránea y empieza a influir sobre las decisiones electorales de la Ciudad de Buenos Aires. Jorge piensa en su reelección, mientras Mauricio observa otras alternativas. En política, cuando empiezan a circular nombres para reemplazar a un dirigente, el problema ya no es solamente quién puede ser candidato, sino quién dejó de controlar por completo la conversación.

El peronismo enfrenta un dilema todavía mayor. Tiene tiempo para resolver candidaturas, pero parece tener cada vez menos margen para postergar la discusión sobre las reglas del juego. La eventual eliminación de las PASO podría obligar a acelerar acuerdos, aunque dentro del PJ existe una certeza: con primarias o sin ellas, la interna encontrará algún mecanismo para expresarse. El problema es que todavía no aparece una conducción capaz de ordenar las distintas piezas.

Axel Kicillof corre con ventaja porque ya está lanzado, pero también carga con la dificultad de necesitar una definición política propia. La comparación con Horacio Rodríguez Larreta en 2019 apunta precisamente a eso: un dirigente que debe competir porque no tiene demasiadas alternativas institucionales y que, por esa misma razón, necesita construir rápidamente una estructura nacional. La pregunta es si el peronismo estará dispuesto a acompañarlo o si la negociación volverá a postergarse hasta el cierre de listas de 2027.

En la provincia de Buenos Aires, el rompecabezas es todavía más complejo. Los intendentes no consiguen por ahora los votos suficientes para modificar la ley que limita las reelecciones indefinidas. La posibilidad de que el próximo candidato a gobernador sea un jefe comunal vuelve a aparecer, aunque es una fórmula que ya fracasó en distintos momentos electorales. El problema bonaerense no es solamente encontrar un nombre: es construir una arquitectura política capaz de contener a todos.

La Cámpora conserva, pese a las peleas públicas, una cuota de poder demasiado importante como para ser considerada una estructura en retirada. Su presencia en áreas estratégicas del gobierno bonaerense, organismos provinciales, empresas y espacios institucionales demuestra que los acuerdos reales suelen ser mucho más resistentes que las declaraciones públicas. Por eso la discusión entre Kicillof y el kirchnerismo puede ser intensa, pero no necesariamente implica una ruptura.

Ahí aparece Máximo Kirchner, aparece Sergio Massa y también aparece Eduardo “Wado” de Pedro como una posibilidad que circula por debajo de la superficie. Cristina conserva centralidad aunque sus circunstancias políticas sean diferentes. La frase que resume el dilema es sencilla: puede ser candidata, pero no puede ocupar una función ejecutiva. Esa diferencia obliga al peronismo a imaginar un esquema de poder en el que Cristina siga teniendo influencia sin necesariamente estar en el centro formal del Gobierno.

Mientras Messi se despide de la selección, la política argentina se prepara para otra clase de partido. Uno donde no alcanza con tener al mejor jugador. El oficialismo intenta convertir su expansión internacional en fortaleza doméstica, la oposición busca descubrir quién puede ordenar sus fragmentos y el peronismo intenta resolver una interna que todavía no encuentra árbitro. La diferencia es que en el fútbol existe un resultado final. En la política argentina, muchas veces, el partido más importante empieza justamente cuando todos creen que terminó.

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