



Resumen
Algo está cambiando en la sociedad argentina. Un clic parece haberse producido en sectores que hasta hace poco acompañaban al Gobierno o le concedían un margen de paciencia que hoy comienza a agotarse.
Brasil dejó una señal que Milei no debería ignorar. Las elecciones del país vecino demostraron que el escenario político puede cambiar y que el descontento de una parte del electorado puede convertirse en un problema decisivo.
Las expresiones sobre tirar a los periodistas a la hoguera cruzaron un límite. En democracia, las diferencias se resuelven en la Justicia, nunca mediante amenazas, persecuciones ni discursos que puedan interpretarse como autoritarios.
Patricia Bullrich entendió rápidamente el costo político del episodio. Su necesidad de tomar distancia expuso que, incluso dentro del oficialismo, hay gestos presidenciales que pueden convertirse en un problema.
Milei debe corregir el rumbo si quiere ser reelegido. El mayor peligro no es solamente perder votos propios, sino abrirle la puerta al regreso de un populismo que tantos argentinos quieren dejar definitivamente atrás.
Hay momentos en la política en los que no hace falta una encuesta para advertir que algo está cambiando. Se percibe en la calle, en las conversaciones cotidianas, en las redes sociales y, fundamentalmente, en el silencio de quienes antes defendían al Gobierno sin demasiadas explicaciones.
Creo que en las últimas horas se produjo uno de esos momentos. Algo hizo clic en determinados sectores de la sociedad argentina y el presidente Javier Milei parece no haber tomado debida nota.
Y sería un grave error que no lo hiciera.
Porque una cosa es gobernar en medio de las dificultades económicas, tomar decisiones impopulares y pedirle a la sociedad un esfuerzo para salir de una crisis histórica. Otra, muy distinta, es creer que el respaldo electoral constituye un cheque en blanco y que quienes acompañaron el cambio están obligados a tolerar cualquier conducta presidencial.
No es así. Nunca lo fue.
Brasil encendió una luz amarilla
Las elecciones brasileñas dejaron una enseñanza que Milei debería analizar con mucha atención. Más allá de las diferencias entre ambos países, sus realidades económicas y sus respectivos sistemas políticos, hay una lección que atraviesa todas las democracias: ningún dirigente tiene asegurado el voto de quienes lo acompañaron ayer.
El electorado puede cambiar de opinión. Puede decepcionarse, puede perder la paciencia y puede buscar alternativas cuando siente que sus expectativas no se cumplen.
Los resultados de Brasil son un llamado de atención para cualquier gobierno que suponga que su adversario está derrotado para siempre. La política tiene memoria, pero también tiene sorpresas. Y muchas veces los dirigentes advierten demasiado tarde que una parte de la sociedad comenzó a alejarse.
Milei conoce esa película. Su propio ascenso político fue la consecuencia del hartazgo de millones de argentinos con una dirigencia que había perdido credibilidad. Sin embargo, el mismo electorado que castigó al viejo sistema también puede castigar a quienes llegaron prometiendo terminar con sus vicios.
Por eso, el Presidente debería preguntarse qué está pasando con aquellos argentinos que lo votaron convencidos de que era necesario cambiar la historia. ¿Siguen dispuestos a acompañarlo sin condiciones? ¿O algunos comienzan a pensar que determinadas actitudes ya no tienen justificación?
La respuesta a esas preguntas puede ser mucho más importante que cualquier encuesta favorable.
La hoguera no tiene lugar en una democracia
Pero si hay un episodio que merece una reflexión profunda es el de las expresiones presidenciales sobre tirar a la hoguera a periodistas que denunciaron el caso Libra.
La investigación judicial tuvo un primer pronunciamiento favorable a Milei y a su hermana, en cuanto a la responsabilidad que se les atribuía. Pero eso no significa que la discusión pública haya terminado ni que el expediente necesariamente haya llegado a su conclusión definitiva. Si la decisión es apelada, como se ha anunciado, el proceso podrá continuar durante un tiempo considerable.
Y aquí conviene separar las cosas.
Una decisión judicial no convierte automáticamente en mentirosos a todos los que investigaron, denunciaron o difundieron información sobre un caso. Tampoco una denuncia periodística demuestra, por sí sola, que alguien haya cometido un delito. Para eso están las pruebas, los procedimientos y los tribunales.
Si el Presidente considera que determinados periodistas o medios mintieron deliberadamente para perjudicarlo, tiene todo el derecho de acudir a la Justicia. Si entiende que existió una maniobra organizada para desestabilizar su Gobierno, debe presentar los elementos que sostengan esa acusación y permitir que los magistrados actúen conforme a derecho.
Lo que no puede hacer es trasladar al terreno de la hoguera, aunque se pretenda utilizar una expresión figurada, una controversia que debe resolverse en el marco de las instituciones.
En la Argentina no hay lugar para hogueras políticas. Desde 1983, con la recuperación de la democracia, aprendimos —a un costo demasiado alto— que nadie debe ser perseguido por pensar diferente, investigar al poder o cuestionar a un gobernante.
Que le quede muy claro a Milei y a cualquier otro presidente: los argentinos no aceptamos el autoritarismo, sea del color político que sea.
No hay excepciones. No las puede haber.
La libertad de expresión no es un privilegio de los periodistas amigos del Gobierno. Es un derecho que también protege a quienes incomodan, a quienes critican y a quienes publican información que un presidente preferiría no ver en los titulares.
Por supuesto que la prensa puede equivocarse. Puede cometer errores graves y puede haber quienes actúen con mala fe. Pero para eso existen los mecanismos legales, las rectificaciones, las responsabilidades civiles y penales que correspondan y, sobre todo, la Justicia.
La democracia se demuestra, precisamente, cuando el poder tolera aquello que le molesta.
Y un presidente que hizo de la libertad una de sus principales banderas debería ser el primero en comprenderlo.
Bullrich olfateó el peligro
La reacción de Patricia Bullrich también merece una lectura política.
La dirigente, una verdadera veterana de mil batallas, conoce como pocos los tiempos y los costos de la política argentina. Su rápida necesidad de tomar distancia de determinadas expresiones presidenciales no parece un detalle menor.
Bullrich sabe que hay declaraciones que entusiasman a los propios, pero también otras que terminan espantando a quienes todavía acompañan al Gobierno con dudas, con reservas o con una paciencia cada vez más limitada.
En política, muchas veces los dirigentes no necesitan que alguien les explique el problema: lo reconocen por instinto.
Y cuando una figura central del oficialismo siente la necesidad de desmarcarse, es porque advierte que el costo puede ser mayor que el beneficio.
Milei debería prestar atención. No todos los que lo rodean le dirán lo que necesita escuchar. Algunos privilegiarán la lealtad personal, otros evitarán el conflicto y habrá quienes esperen el momento oportuno para cambiar de posición.
Pero el Presidente no necesita aduladores: necesita dirigentes capaces de decirle cuándo se está equivocando.
El Presidente no representa solamente a sus votantes
También resulta llamativo que no haya existido una expresión institucional en los términos que muchos esperaban frente al resultado electoral brasileño.
Las relaciones entre países no pueden quedar subordinadas exclusivamente a las simpatías personales, las afinidades ideológicas o las preferencias electorales de un mandatario. La diplomacia exige prudencia, respeto institucional y una comprensión elemental de que los gobiernos pasan, pero los Estados permanecen.
Milei puede tener sus preferencias políticas. Tiene derecho a expresarlas. Pero debe comprender que cuando habla el presidente de la República, no habla solamente Javier Milei: detrás de su figura está la Argentina.
Representa también a quienes no lo votaron, a quienes lo cuestionan y a quienes jamás compartirán sus ideas. Esa es la responsabilidad institucional que distingue a un presidente de un dirigente partidario.
Gobernar para todos no significa renunciar a las convicciones. Significa entender que el poder impone límites, responsabilidades y obligaciones que van mucho más allá de las preferencias personales.
Y esa comprensión resulta indispensable para quien pretende conducir el país durante otro mandato.
El peligro que Milei no debería subestimar
Quiero ser claro en algo: quienes creemos que la Argentina necesita dejar atrás definitivamente el populismo que durante tantos años condicionó su economía, deterioró sus instituciones y generó frustraciones sociales no tenemos ningún motivo para celebrar los errores del actual Gobierno.
Por el contrario, nos preocupan.
Porque si Milei pierde el respaldo de una parte importante de quienes lo llevaron al poder, no necesariamente aparecerá una alternativa mejor preparada para gobernar. Puede abrirse una oportunidad para que regresen las mismas estructuras políticas que llevaron al país a situaciones que millones de argentinos quisieron superar.
Ese es el verdadero riesgo.
No se trata de defender al Presidente haga lo que haga. Se trata de defender un rumbo de transformación que necesita resultados, responsabilidad y una conducta democrática intachable para consolidarse en el tiempo.
El Gobierno tiene que comprender que la paciencia social no es infinita. Los argentinos pueden aceptar sacrificios cuando creen que existe una salida, pero difícilmente toleren indefinidamente los errores políticos, las contradicciones y los gestos que interpretan como una falta de respeto.
Y aquí aparece el problema central: Milei parece estar demasiado concentrado en confrontar con sus adversarios y demasiado poco en escuchar a sus propios votantes.
No alcanza con tener razón en algunas discusiones económicas. No alcanza con señalar los errores del pasado. Tampoco alcanza con denunciar a una dirigencia que, durante décadas, hizo de la política un mecanismo de conservación del poder.
Hay que demostrar que se puede gobernar de otra manera.
Eso exige cuidar las palabras, respetar las instituciones, reconocer los errores y entender que la crítica no siempre constituye una conspiración. A veces, incluso cuando resulta incómoda, es una advertencia que conviene escuchar.
Milei todavía está a tiempo
No considero que las aspiraciones reeleccionistas del Presidente estén necesariamente terminadas. Falta tiempo, la política argentina es imprevisible y los escenarios pueden cambiar. Un Gobierno que corrija sus errores, mejore las condiciones de vida y recupere la confianza de los ciudadanos puede reconstruir su respaldo.
Pero para eso hace falta una condición indispensable: Milei debe cambiar urgentemente algunas conductas y recuperar la capacidad de escuchar.
Debe entender que sus propios seguidores también tienen límites, que no todas las críticas son operaciones políticas y que nadie puede arrogarse el derecho de decidir quién merece ser escuchado y quién debe ser enviado simbólicamente a una hoguera.
La Argentina ya vivió demasiados enfrentamientos, demasiados discursos de odio y demasiados dirigentes convencidos de que el poder los colocaba por encima de los demás.
No necesitamos repetir esa historia.
El Presidente tiene una oportunidad extraordinaria: consolidar una transformación que saque al país del estancamiento y evite el regreso de un populismo que tantos argentinos rechazan. Pero esa oportunidad no se conserva a los gritos ni alimentando conflictos innecesarios. Se conserva con resultados, equilibrio y respeto por las reglas democráticas.
Milei debe entender que el adversario más peligroso no siempre está enfrente. A veces, el verdadero peligro comienza cuando quienes lo votaron dejan de creer que vale la pena defenderlo.
Brasil dejó una señal. La sociedad argentina empieza a mostrar otras. Y las expresiones sobre la hoguera pueden haber profundizado un malestar que el Gobierno no debería subestimar.
Todavía está a tiempo de corregir el rumbo. Pero el tiempo político no es infinito.
Porque en democracia los presidentes no pierden solamente cuando la oposición crece. También empiezan a perder cuando sus propios votantes dejan de reconocer en ellos aquello que alguna vez los llevó a confiar.





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