


La visita del Papa, una tregua de ocasión para una política que no consigue salir de su propio laberinto
OPINIÓN08 de noviembre de 2026 Ricardo ZIMERMAN

Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La llegada de León XIV a la Argentina representa mucho más que un acontecimiento religioso de enorme trascendencia. Para el Gobierno de Javier Milei constituye también una oportunidad política que difícilmente vuelva a repetirse en el corto plazo: exhibir una imagen de convivencia institucional, acercar posiciones con dirigentes enfrentados y ofrecerle a una sociedad agotada por las disputas una postal diferente de la confrontación cotidiana. Karina Milei parece haber comprendido esa dimensión y asumió personalmente la organización de una visita que, además de su significado espiritual, funciona como una vidriera del poder. Sin embargo, detrás de los gestos de cordialidad y las fotografías cuidadosamente preparadas, permanece intacta una realidad bastante menos auspiciosa: la política argentina sigue atrapada en sus propias contradicciones y nadie parece dispuesto a resignar una porción de poder para construir acuerdos duraderos.
La secretaria general de la Presidencia encontró en los preparativos del viaje apostólico una oportunidad para mostrar capacidad de coordinación con administraciones de distinto signo político. Su discurso sobre la posibilidad de trabajar juntos, dejando momentáneamente de lado las diferencias, tuvo un componente institucional que merece ser reconocido. La colaboración entre la Nación, la provincia de Buenos Aires, Córdoba y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires demuestra que existen ámbitos en los que la responsabilidad pública debería imponerse sobre las conveniencias partidarias. El problema es que esa disposición no suele sobrevivir cuando desaparecen las cámaras, se terminan los actos protocolares y comienza nuevamente la disputa por candidaturas, presupuestos y espacios de influencia.
La ausencia de Mauricio Macri en la celebración prevista frente al Monumento a los Españoles constituye una señal de hasta dónde pueden llegar las dificultades para construir una convivencia política genuina. El fundador del PRO y su primo Jorge Macri representan dos dimensiones de un espacio que todavía no consigue resolver sus diferencias estratégicas. La discusión sobre el futuro electoral porteño, la eventual búsqueda de una nueva reelección del jefe de Gobierno y las negociaciones con La Libertad Avanza exponen una disputa que excede largamente una cuestión familiar. Lo que está en juego es quién conduce, quién negocia y quién tiene autoridad para decidir el destino de una estructura política que perdió buena parte de su capacidad electoral.
La derrota de 2025 dejó al macrismo porteño frente a una realidad que durante años había conseguido evitar: ya no alcanza con administrar la Ciudad para garantizar la continuidad del poder. La irrupción libertaria modificó el escenario, mientras el peronismo conserva una capacidad competitiva que obliga a revisar estrategias. En ese contexto, la reorganización de los equipos de Gobierno y los movimientos dentro de la estructura partidaria adquieren una dimensión que no puede reducirse a simples cambios administrativos. El PRO necesita definir qué quiere ser y, fundamentalmente, qué lugar pretende ocupar frente a un oficialismo nacional que no parece demasiado interesado en reconocerle una autonomía equivalente a la que supo tener.
Pero si hay alguien que entendió que la visita papal exige una organización sin margen para improvisaciones es Karina Milei. La hermana del Presidente se convirtió en una pieza central del dispositivo político y logístico, supervisando desde los contactos institucionales hasta los detalles protocolares. Su preocupación por el desarrollo de las actividades no se limita a evitar inconvenientes durante las ceremonias. También busca consolidar una imagen de conducción, disciplina y capacidad de organización que pueda proyectarse sobre el armado electoral de 2027. Mientras otros integrantes del Gobierno concentran sus esfuerzos en la gestión cotidiana, ella parece trabajar con un horizonte mucho más amplio, en el que cada provincia, cada dirigente y cada candidatura forman parte de una misma arquitectura de poder.
La eventual coincidencia de Javier Milei con Victoria Villarruel en el Palacio Libertad y el posible encuentro entre Diego Santilli y Axel Kicillof en Luján ofrecen otras dos escenas de particular interés. No se trata solamente de compartir una ceremonia religiosa, sino de observar cómo se comportan dirigentes que mantienen diferencias profundas y que, al mismo tiempo, necesitan preservar canales mínimos de comunicación. El gobernador bonaerense reclama respuestas concretas de la Nación, mientras el Gobierno pretende que la coordinación institucional no se transforme en una negociación permanente sobre recursos. La cooperación para recibir al Papa puede facilitar una fotografía compartida, pero difícilmente resuelva las diferencias que condicionan la relación entre ambas administraciones.
La magnitud del operativo previsto en las distintas jurisdicciones demuestra, además, que el acontecimiento exige un esfuerzo extraordinario del Estado. Miles de efectivos policiales, trabajadores sanitarios, agentes de tránsito y voluntarios participarán de las actividades. La seguridad, la logística y las restricciones especiales para la protección aeroespacial reflejan la importancia que se le asigna a la visita. Sin embargo, semejante despliegue también invita a formular una pregunta más profunda: ¿cuánto puede modificar un acontecimiento de estas características el clima social de un país que arrastra preocupaciones económicas, laborales e institucionales que no se resuelven con ceremonias?
Las encuestas mencionadas en el escenario previo al arribo de León XIV ofrecen una respuesta poco alentadora. La mayoría de los consultados no espera que la presencia del pontífice produzca modificaciones significativas en la convivencia social, mientras el desempleo y la situación económica continúan ocupando lugares centrales entre las preocupaciones ciudadanas. No debería sorprender. La Argentina atraviesa un momento en el que las expectativas espirituales pueden encontrar un espacio de expresión, pero las necesidades materiales siguen reclamando soluciones. La estabilidad macroeconómica que defiende Luis Caputo necesita traducirse en actividad, empleo y mejores ingresos si pretende convertirse en una experiencia concreta para quienes todavía esperan los resultados del programa económico.
El paquete de medidas destinado a las pequeñas y medianas empresas reconoce, precisamente, que existen sectores que no pueden esperar indefinidamente una recuperación que todavía no termina de llegar. La suspensión de los juicios de ejecución fiscal y de los embargos de ARCA hasta junio de 2027, junto con las facilidades tributarias y las nuevas líneas de financiamiento, representa un alivio para compañías que enfrentan dificultades de liquidez. No significa abandonar el programa económico ni modificar sus fundamentos, pero sí admitir que el orden fiscal, por sí solo, no alcanza para garantizar la supervivencia de un entramado productivo que necesita crédito, previsibilidad y demanda.
La discusión sobre los CEDEARs y la posibilidad de establecer un gravamen del 15% sobre determinadas ganancias financieras también dejó una enseñanza incómoda para el oficialismo. Un Gobierno que convirtió la reducción de impuestos en una bandera política no puede permitirse avanzar con iniciativas que contradigan ese discurso sin explicar previamente sus fundamentos. La posterior decisión presidencial de retirar el proyecto completo expuso una falta de coordinación que contrasta con la imagen de precisión que Karina Milei intenta proyectar durante los preparativos papales.
El Congreso, por su parte, continúa siendo un terreno donde las aspiraciones del Ejecutivo chocan con una realidad parlamentaria que no se modifica mediante declaraciones. El Presupuesto 2027 y la reforma electoral, particularmente la eliminación o suspensión de las PASO, requieren acuerdos con gobernadores y bloques que tienen intereses propios. La Casa Rosada pretende ordenar el calendario electoral y asegurar previsibilidad fiscal, mientras las provincias buscan garantías sobre recursos, obras y condiciones políticas para preservar sus espacios de representación. La construcción de mayorías exige algo más que disciplina interna: requiere negociación, concesiones y una comprensión elemental de que los aliados no necesariamente comparten todas las prioridades presidenciales.
En ese escenario, los avances legislativos en materia de discapacidad muestran que todavía es posible alcanzar consensos cuando la presión social y la responsabilidad institucional obligan a dejar de lado las diferencias. El acompañamiento de distintos bloques al nuevo régimen de prestaciones constituye una señal de que el Parlamento puede producir resultados concretos. En cambio, el conflicto universitario continúa sin encontrar una salida definitiva, mientras las casas de estudios reclaman el cumplimiento de una ley aprobada y ratificada por el Congreso. También permanece pendiente la regulación de las apuestas online para proteger a los menores de edad, un asunto sobre el cual la Iglesia decidió elevar la voz. La eventual pérdida de estado parlamentario de esa iniciativa sería una señal preocupante de las prioridades de una dirigencia que muchas veces encuentra tiempo para discutir candidaturas, pero no para resolver problemas urgentes.
La agenda legislativa incorpora, además, la discusión sobre la Defensa de la Soberanía Nacional y la protección de los intereses argentinos en el Atlántico Sur. Se trata de una cuestión que debería trascender las conveniencias circunstanciales y convertirse en una política de Estado. Las diferencias sobre el alcance de la iniciativa demuestran que todavía falta construir un consenso suficientemente amplio para abordar un asunto que compromete intereses estratégicos nacionales.
Mientras tanto, el escenario internacional tampoco ofrece demasiadas certezas al Presidente. Las dificultades electorales de Donald Trump, los movimientos de la política brasileña, la situación parlamentaria israelí y la crisis paraguaya configuran un panorama complejo para los dirigentes que Milei considera parte de su universo de afinidades. La política exterior basada en alineamientos ideológicos puede ofrecer coincidencias discursivas, pero también obliga a convivir con los cambios de escenario que producen las urnas y las crisis institucionales. Ninguna alianza internacional garantiza estabilidad permanente.
La visita de León XIV encontrará, entonces, a una Argentina atravesada por demasiadas cuentas pendientes. El Gobierno necesita consolidar su programa económico, mejorar las condiciones de vida, ordenar su estrategia parlamentaria y resolver las diferencias que condicionan su propio armado electoral. La oposición, mientras tanto, tampoco consigue ofrecer una alternativa unificada capaz de transformar el desgaste del oficialismo en una propuesta política convincente.
Sería injusto exigirle a un acontecimiento religioso que resuelva problemas que la dirigencia argentina no ha podido solucionar durante décadas. El Papa puede convocar al encuentro, promover la solidaridad y recordar la importancia de la convivencia, pero no puede reemplazar las responsabilidades de quienes gobiernan ni las obligaciones de quienes pretenden representarnos. La comunión de los argentinos que reclama la Iglesia necesita algo más que aplausos, saludos protocolares y fotografías compartidas.
Cuando León XIV abandone el país el 11 de noviembre, la realidad volverá a imponerse con toda su crudeza. Regresarán las negociaciones parlamentarias, los reclamos provinciales, las disputas electorales y las urgencias económicas. La tregua institucional habrá cumplido su breve cometido y cada protagonista retomará su lugar en un tablero donde las diferencias siguen siendo más fuertes que las coincidencias. La verdadera oportunidad para Milei no consiste en conseguir que durante unos días sus adversarios compartan una ceremonia, sino en demostrar que puede transformar aquella imagen de cooperación en una forma distinta de ejercer el poder. Porque la Argentina no necesita solamente dirigentes capaces de convivir durante la visita de un Papa: necesita dirigentes capaces de entenderse cuando ya no hay ningún Papa mirando.


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