Rosenkrantz, el peronismo y la igualdad

OPINIÓN 04 de junio de 2022 Por Natalia Volosin*
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Cuando pensás que Carlos Rosenkrantz aprendió la lección de lo que suma y lo que no para reconstruir la legitimidad de la Corte Suprema, va y te cruza los Andes a una conferencia sobre Justicia, Derecho y Populismo en Latinoamérica para decir, citando a Evita sin nombrarla, que “no puede haber un derecho detrás de cada necesidad”.

¿Problemas? Varios. ¿Causal de juicio político? Boludeces no, chicos.

Vale la pena citarlo textualmente.

“La insensibilidad al costo se sintetiza de modo patente, por ejemplo, en una afirmación muy insistente en mi país que yo veo como un síntoma innegable de fe populista, según la cual detrás de cada necesidad siempre debe haber un derecho. Obviamente, un mundo en el que las necesidades son todas satisfechas es deseado por todos, pero ese mundo no existe. Si existiera, no tendría ningún sentido la discusión política y moral.

No puede haber un derecho detrás de cada necesidad sencillamente porque no hay suficientes recursos para satisfacer todas las necesidades, a menos que restrinjamos qué entendemos por necesidad o entendamos por derecho aspiraciones que no son jurídicamente ejecutables.

En las proclamas populistas hay siempre un olvido sistemático de que detrás de cada derecho hay un costo. Se olvida que, si hay un derecho, otros (individual o colectivamente) tienen obligaciones, y que honrar obligaciones es siempre costoso en términos de recursos y que no tenemos suficientes recursos para satisfacer todas las necesidades”.

Primer problema: el rol. Rosenkrantz ya no es un abogado y profesor de derecho de universidades prestigiosas. Es el vicepresidente de la Corte Suprema. Y no deja de serlo cuando habla fuera del espacio de las sentencias que firma. Las elucubraciones filosóficas sobre el derecho, la moral y la política que, discutibles o no, eran interesantes y productivas en su rol académico, hoy pueden estar simplemente fuera de lugar.

Quiero ser clara. Nada de lo que dijo lo expone a ningún tipo de cuestionamiento disciplinario. En tanto no haga política partidaria ni adelante opinión, puede decir más bien lo que se le antoje. De hecho, la acusación oficialista de “eh, che, cómo va a hablar de política un juez de la Corte” parece joda viniendo de quienes todos los días nos recuerdan, con Laclau, Mouffe y amigues, que todo es política, que los jueces no son técnicos y que el derecho solo es superestructura.

Pero que pueda decir lo que se le antoje no significa que sea necesariamente conveniente. Al menos no para la reconstrucción de la legitimidad de una Corte tan desvencijada, a la que se le discute el intento de designación de dos de sus integrantes sin acuerdo del Senado; la ausencia de mujeres; las rencillas internas pornográficamente exhibidas ante la sociedad; o algunas decisiones como “Muiña”, el fallo que extendió los beneficios del 2x1 a los genocidas y que el tribunal (salvo el propio Rosenkrantz) se vio forzado a dar vuelta luego de las masivas protestas populares y de la reacción del Congreso.

Menos aún parece conveniente jugar al profesor que elucubra por elucubrar, porque allí todo es generalmente intrascendente si, además de ser juez de una Corte Suprema (y de una especialmente débil), enfrente tenés al Gobierno nacional, a los gobernadores peronistas y a un sector importante de los movimientos sociales apuntándoles a vos y a tus tres compañeritos de banco con pedidos de renuncia o juicio político y proyectos de licuación vía ampliaciones monstruosas del tribunal. No sé, digo yo. Lo de autopercibirse el más pillo del barrio por creer que se tiene la última palabra en la interpretación y aplicación del derecho no siempre termina bien.

Segundo problema: el engaña pichanga. Rosenkrantz tiene absoluta razón. De hecho, lo que dijo es obvio. Por supuesto que si es cierto que: (a) todas las necesidades cuentan lo mismo, (b) satisfacer derechos tiene un costo y (c) los recursos son escasos, entonces (d) es imposible que haya un derecho detrás de cada necesidad. Chocolate por la noticia.

Pero en la frase del peronismo no podemos pasar ni del punto (a), pues las necesidades no cuentan todas lo mismo. Cuando Evita dijo lo que el magistrado reproduce sin nombrarla (“una afirmación muy insistente en mi país”, dice un Rosenkrantz perplejo no ante la persistencia de la frase, sino del peronismo), estaba hablando de los más necesitados. Estaba diciendo que, al asignar esos recursos escasos para satisfacer derechos, se debe priorizar a (hoy diríamos) las personas más vulnerabilizadas. Puede gustar o no, pero ese era y es el sentido de la proclama peronista sobre necesidades y derechos. Que la hagan realidad o no es, por supuesto, otro asunto.

Rosenkrantz podría criticar esta posición moral y política distributiva. Podría dar razones. Podría explicar por qué es una mala idea darles más (o primero) a quienes menos tienen. Es una discusión que, como académico, ha dado mil veces. La igualdad es, de hecho, uno de sus principales temas de interés. Podría hacer consideraciones agregativas, hablar de eficiencia, ahorro o inversión, de los conflictos entre los valores de la justicia y la igualdad o de por qué, desde su teoría de la autoridad, la injusticia económica y social de la Argentina es re sad y moralmente espantosa, pero insuficiente para justificar la desobediencia al derecho. Nada sobre lo que no haya hablado o escrito, insisto, mil veces.

Y, sin embargo, no. Se va a la Universidad de Chile y elige pararse en el lugar más fácil e improductivo posible: argumentar contra lo que no sostiene nadie. Dice que la frase de esa mujer es una muestra patente de la fe populista, que ignora que los recursos son escasos y que satisfacer derechos tiene un costo.

Es un debate del juez con la pared. ¿Quién niega la escasez? Nadie. Y no hace falta leer a Rawls para comprenderlo. Mis pibes no pasaron de Robin Hood y lo entienden. ¿Quién niega que garantizar derechos tenga costos? Nadie. Todo el planeta tierra reconoce que incluso los mal llamados derechos “negativos” (los que solo requieren que el Estado no se meta en nuestra vida, como la propiedad) también demandan recursos (por ejemplo, un sistema de protección frente a terceros, incluyendo fuerzas de seguridad, registros públicos, tribunales, etc.). Claro que las discusiones políticas y morales que tenemos surgen de la inexistencia de un mundo sin escasez. ¡Pero lo que discutimos no es si hay o no escasez, sino cómo debemos distribuir esos recursos escasos!

No hace falta ser populista para sostener posiciones agresivamente distributivas. Rosenkrantz frecuenta a muchos igualitaristas profundos que, sin embargo, como él, no adoptan concepciones populistas del poder. La inmensa mayoría de los discípulos de su propio mentor, el liberal Carlos Nino (por poner un ejemplo), asumen posiciones más o menos radicales de la democracia o populares del constitucionalismo pero, al final del día, siempre republicanas sobre el poder y la autoridad del derecho y, sin embargo, tienen fuertes exigencias distributivas. ¿Cómo pasó Rosenkrantz de discutir con ellos a pararse en un atril universitario en plan “eh, loco, basta de populismo”?

Tercer problema: la coherencia. En un país con 44% de pobreza, 30% de indigencia y 65% de pobreza urbana entre las personas menores de 18 años (datos del Observatorio Social de la UCA a diciembre de 2021), es por lo menos audaz que un juez de la Corte Suprema que tiene un cargo vitalicio, gana casi 1 millón de pesos de bolsillo por mes, no paga ganancias, tiene un mes y medio de vacaciones, se mueve en un auto con chofer y trabaja en un despacho palacesco donde lo atienden mayordomos diga en público y sin ponerse colorado que no puede haber un derecho detrás de cada necesidad.

Cuarto problema: la provocación. ¿Era necesario usar la frase de Evita? ¿No podía decir lo mismo de otra manera? No digo que no deba, eh. Puede decir lo que quiera. Pero en plan “amigo, date cuenta”, insisto: ¿era necesario? ¿No advierte las consecuencias de lo que dice? ¿No es un tiro en el pie, considerando que ya es percibido como un antiperonista acérrimo? ¿No se dio cuenta o es que en la era post-Fernando Iglesias estas cosas se exhiben con orgullo?

Rosenkrantz es sin duda uno de los tipos más brillantes de su generación. Es un académico de fuste, un argumentador espectacular y un litigante astuto. Pero ser juez de la Corte exige, además, otro tipo de habilidades sociales y políticas, incluso para un formalista como él. De hecho, lo de las proclamas populistas es bastante tribunero para un juez que aspira a tomar decisiones completamente aisladas de consideraciones valorativas. Tal vez porque vio ese borde político que no quiere cruzar es que citó a Evita sin nombrarla. O no. Tal vez fue lo de siempre: no abonar (y con ello abonar) a eso que Borges llamó “la crasa mitología”.

 

 

* Para www.infobae.com

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