Qatar 2022, el mundial que quiere tapar bocas pero revela la suciedad bajo la alfombra

MIRADAS Por Gustavo Sierra*
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Los jugadores de la selección alemana se tapan la boca en protesta por la censura impuesta por la FIFA. Les impidieron utilizara brazaletes en favor de los derechos de las minorías sexuales en Qatar (Anne-Christine POUJOULAT / AFP)

Pan y circo son parte del mismo combo. Ya lo sabían los romanos y el resto de los reinos y pueblos lo fuimos aprendiendo en el camino. Ahora, el circo y la tremenda porción de pan que lo acompaña se estacionaron en Qatar. Y en cada pueblo por donde pasa el extraordinario espectáculo de la FIFA, no solo da alegría a los suertudos presentes sino a cientos de millones más que lo siguen desde sus sillones o sus sillitas. Cuando la gira de cada cuatro años toca en tierras más descontaminadas, el espectáculo transcurre alrededor de la pelota; cuando viaja más lejos, como es en este caso hasta el Golfo Pérsico, destapa y deja ver la suciedad por debajo de la alfombra. Y es ahí cuando la FIFA, que debería ser apenas un organizador neutro, se convierte en un árbitro déspota para que la masa esponjosa de miles de millones de panes no se vaya a apelmazar.

Prohíbe que los equipos se manifiesten en favor de los derechos de las minorías. Permite que matones enviados por el régimen iraní golpeen a sus compatriotas que se atreven a mostrar las atrocidades que se cometen en Irán. Si sus jugadores no cantan el himno en Doha, sufren sus familiares en Teherán. Si los alemanes se tapan la boca porque la FIFA no quieren que hablen de lo que sucede, los amenazan con no dejarlos jugar nunca más. Si los fans galeses quieren ir a la cancha con unos sombreros de colores del arco iris, se los quitan los guardias de seguridad porque eso puede ser visto como un apoyo a la comunidad LGBTQ que es reprimida hasta con la muerte en el pequeño emirato qatarí. Para compensar a los trabajadores inmigrantes que perdieron a decenas de sus compañeros en las construcciones de los estadios, les dieron entradas para ver los partidos por televisión en un perdido campo de cricket.

 
La FIFA sabe que tiene que tener todo a raya para que no se le descomponga la masa. Son mil millones de dólares que están en juego. Tal vez más, es uno de los mundiales más redituables que jamás haya tenido esta federación de presidentes de equipos de fútbol. Un organismo que no sabe ya que hacer con la ministra de Deportes de Australia, Anika Wells, que acompaña a la delegación de su selección para mantener “un diálogo permanente con mi contraparte qatarí” y asegurarse que se respeten los derechos de sus futbolistas. “El deporte es tan político como la política”, dijo. “Y las personas que tratan de mantener la política fuera del deporte son las que actualmente tienen el poder y buscan mantener ese poder contra otros que tratan de ocupar su lugar y dar a conocer su voz, por eso soy tan fuerte en los derechos de los atletas”.

No es novedad que los deportes están atravesados por la política. El atleta estadounidense Jesse Owens le aguó la fiesta olímpica a Adolf Hitler en 1936 cuando demostró que la raza aria no era superior. En los Juegos Olímpicos de México de 1968, las estrellas estadounidenses de atletismo Tommie Smith y John Carlos promovieron los derechos civiles con saludos del poder negro desde el podio de las medallas. Muhammad Ali fue un ícono racial y político para el boxeo. Diego Maradona fue otro emblema de varias causas políticas y enfrentó a la FIFA. El Mundial del 78 en Argentina estuvo marcado por las denuncias de graves violaciones a los derechos humanos con campos de torturas ubicados a metros de los estadios. Y los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980 y Los Ángeles de 1984 se vieron afectados por boicots relacionados con la invasión soviética de Afganistán.

Los mundiales mellizos de Rusia y Qatar designados a fuerza de enormes coimas en el mismo día por la FIFA de Blatter –y todos los otros corruptos titulares de confederaciones del planeta-, están atravesados por la represión de los regímenes que gobiernan en esos países. Y los dos –Vladimir Putin y los emires de la tribu de los Al Thani- tuvieron y tienen el mismo propósito: tratar de lavar la cara por las atrocidades que cometen con sus conciudadanos. Al ruso le vino perfecto para apuntalar su poder y lanzar el primer zarpazo sobre Ucrania en 2014, cuando invadió y se anexionó la península de Crimea y se quedó con dos enclaves del Donbás. Lo de Qatar es un intento por parte de un grupo de hombres que nadan entre los dólares que les deja el petróleo y el gas por dominar uno de los espectáculos más seguidos y prolíficos del planeta, así como tapar su apoyo al terrorismo islámico -ya sabemos que financiaron a Al Qaeda, el ISIS y varios otros grupos similares-. Quieren convertir a Doha en un gran centro de entretenimiento, sofisticación y turismo con el que puedan diversificar negocios y compensar las pérdidas cuando ya no puedan emitir más carbono ni envenenar las mentes de los chicos que salen a matar en nombre de Dios.

Y no es sólo el mundial. Los árabes avanzan sobre el fútbol europeo. El Manchester City, el gran gigante de la Premier League, fue comprado por un grupo conectado con el poder de los Emiratos Árabes Unidos. Y Newcastle United es propiedad de un consorcio liderado por Arabia Saudita. Mientras avanzan sobre el cricket, la Fórmula Uno y el golf. El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita está tratando de quedarse con el antiguo circuito de la PGA en Estados Unidos mientras ya compraron a estrellas del golf como Phil Mickelson y Dustin Johnson. Es la mejor manera de expiar las culpas y lavar la imagen de los jeques responsables del asesinato del periodista Jamal Kashoggi. Precisamente, Mohammed bin Salman, el príncipe heredero de Arabia Saudita, y principal sospechoso de haber ordenado la muerte del periodista opositor, estuvo todos estos días cómodamente sentado junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, viendo varios de los partidos del Mundial.

El régimen iraní reaccionó con furia al desafío de los jugadores de su selección que en el primer partido contra Inglaterra se negaron a cantar el himno en muestra de apoyo a las protestas que se registran en Irán desde hace dos meses por la muerte de Mahsa Amini. Mehdi Chamran, presidente del consejo de la ciudad de Teherán, lanzó un discurso amenazador: “Nunca permitiremos que nadie insulte nuestro himno y nuestra bandera. Y quien lo haga merece la muerte”. Otros políticos del régimen pidieron que a los jugadores que hicieron silencio se les prohibiera volver a jugar en su país. Kayhan, el periódico más cercano al líder supremo Alí Jamenei, descargó su furia contra la forma en que los manifestantes habían aplaudido la victoria inglesa, afirmando que “durante semanas los medios de comunicación extranjeros habían llevado a cabo una guerra psicológica-mediática despiadada y sin precedentes contra este equipo”(...)“Esta campaña no escatimó esfuerzos para crear una brecha entre el pueblo de Irán y los miembros de la selección nacional de fútbol iraní, así como para producir falsas dicotomías”, dijo en el editorial. Y añadió que “este movimiento político-mediático, principalmente londinense, con el apoyo y la coordinación de patriotas locales, desde celebridades del cine y el deporte hasta medios de comunicación en cadena y canales de Telegram, e incluso figuras políticas reformistas, se han unido para atacar a los jugadores”.

Todo esto derivó en que, al siguiente partido contra Gales, el régimen enviara a un grupo de matones que reprimió a los golpes a los que intentaban hacer demostraciones de repudio. Y los guardias qataríes dieron una manito confiscando banderas iraníes pre revolucionarias y no permitiendo la entrada a los que llevaban camisetas con la consigna de las protestas: “mujer, vida, libertad”. Otros, se dedicaron a firmar y sacar fotos de los rostros de cualquiera que pudiera ser un potencial disidente. Tampoco dejaron entrar a los galeses con unos gorros con los colores del arco iris porque, dijeron, era una forma de apoyar a los homosexuales. El periodista estadounidense Grant Wahl tampoco pudo entrar a uno de los estadios porque llevaba una camiseta con un arco iris.

Seis equipos europeos tenían previsto utilizar un brazalete con la consigna “One love” (un solo amor) en apoyo a la comunidad LGBTQ reprimida con la muerte en Qatar y muchos otros países musulmanes. La FIFA se adelantó y amenazó a las asociaciones de fútbol que, si no paraban la protesta, habría duras sanciones. Monetarias, se entiende. El resultado, no hubo brazaletes. Los alemanes no se entregaron y cuando posaron para los fotógrafos se llevaron la mano a la boca señalando que los habían censurado. También el director de la transmisión televisiva también censuró el momento y no lo mostró al mundo. El capitán de Alemania, Manuel Neuer, después del partido, fue contundente: “Dijimos que podían quitarnos el brazalete, pero por mucho que la FIFA quiera, nunca nos silenciará. Defendemos nuestros valores y los derechos humanos. Queríamos demostrarlo”. Pero como también perdieron el partido contra Japón, muchos aprovecharon la situación para decir cosas como: “eso les pasa por mezclar política y fútbol”.

Fue el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, quien salió a apoyarlos. “Siempre es preocupante desde mi perspectiva cuando vemos restricciones a la libertad de expresión. Es especialmente así cuando la expresión es por la diversidad y por la inclusión. Y, a mi juicio, al menos, nadie en el campo de fútbol debería verse obligado a elegir entre apoyar estos valores o jugar para su equipo”, dijo.

Los que llevaron la peor parte, hasta ahora, son las decenas de miles de trabajadores extranjeros que levantaron los estadios, hoteles, carreteras, subtes, etc. que ahora disfrutan los fans que pudieron viajar a Doha. Ya sabemos que al menos 50 trabajadores murieron en estas construcciones entre 2020 y 2021, según la Organización Mundial del Trabajo, la OIT. Antes, se había mencionado la cifra de 6.500 damnificados en los 12 años desde que se otorgó la sede del mundial. El gobierno qatarí admitió que podrían haber sido apenas 35 entre muertos y heridos. Lo cierto es que trabajaron en condiciones infrahumanas, con temperaturas de hasta 50 grados y contratos por los que empresas intermediarias se quedaron con la mayor tajada. Amnistía Internacional pidió una compensación de 440 millones de dólares para las familias de las víctimas. Por ahora, los trabajadores que aún permanecen en Doha –muchos fueron expulsados por el gobierno apenas terminaron los trabajos- consiguieron que les den entradas para ver los partidos. Pero no en los estadios que ellos ayudaron a levantar sino en un campo de cricquet de las afueras de Doha, donde pueden ver los partidos por una pantalla.

La FIFA, es decir los representantes de las 6 federaciones que componen 221 asociaciones nacionales, avala todo. Y no lo hace con la boca cerrada. En una extraña conferencia de prensa antes del primer partido el presidente, Gianni Infantino, acusó de hipocresía a las naciones occidentales ex colonialistas por las denuncias. “Hoy me siento qatarí. Hoy me siento árabe. Hoy me siento africano. Hoy me siento gay. Hoy me siento discapacitado. Hoy me siento un trabajador migrante”, dijo Infantino. Omitió decir que también debía sentirse millonario. Los ingresos generados por el ciclo de cuatro años de la Copa de Qatar (de 2018 a 2022, incluyendo cinco meses más debido al calendario de invierno) alcanzarán los 7.500 millones de dólares, frente a los 6.400 millones del ciclo anterior en Rusia.

El patrocinio se vio impulsado por una serie de lucrativos acuerdos con empresas qataríes. La empresa estatal de petróleo y gas, QatarEnergy, y la aerolínea estatal Qatar Airways son los mayores contribuyentes. La empresa de telecomunicaciones Ooredoo, que es propiedad del Estado en un 68%, fue nombrada como “proveedor oficial de servicios de conectividad global”. El grupo Qatari National Bank, una empresa mixta del Estado y del público qatarí, es el “patrocinador oficial de Oriente Medio y África” y el “banco oficial de Qatar” del torneo. Después vienen la sociedad de siempre con Coca-Cola, Adidas, Puma y el resto de los fabricantes de zapatillas y ropa deportiva. Todos aceptaron como cláusula no realizar publicidades o expresiones que pudieran “herir la sensibilidad” del país anfitrión.

Tampoco hay que minimizar la influencia política que tienen los mundiales en los países que participan, particularmente en los que el fútbol es pasión. El que lleva la copa, siempre es recibido con pompas por el poder político de turno. Si es autoritario o dictatorial, mejor. Videla levantando la copa dorada en el Monumental es un buen ejemplo. Arabia Saudita gana el primer partido –ya me olvidé a quién- y Bin Salman, el magnánimo, decreta feriado. Sudáfrica recibió el espaldarazo que tanto se merecía Nelson Mandela en 2010. Varios presidentes de las asociaciones del fútbol de los países que regresaron con algún premio o algún consuelo, terminaron siendo candidatos a cargos políticos. Hay muchos jugadores que llegan a las mismas posiciones.

En Argentina, que es uno de los países donde se mide el impacto que puede tener el mundial de fútbol en el humor político. Según una encuesta de la empresa Política y Opinión Pública, el 77% de los consultados cree que el resultado del campeonato va a influir en el humor de la gente. Un 32% cree que pesará en la decisión de los votantes de las elecciones presidenciales del próximo año. Y hasta un 13% creerá que lo que le suceda a la selección en Qatar va a ser determinante de la disputa del año que viene. Otro sondeo de Giacobbe Consultores indica que el 20% de los encuestados cree que, si la selección de Scaloni gana el Mundial, el peronismo en el gobierno recibirá más votos. Y un 6,2% admite que el resultado del equipo argentino va a influir en su voto.

Pan y circo, política y fútbol, cada vez más enredados desde Doha a Buenos Aires, dando varias vueltas por el planeta.

*Para Infobae

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