


El escándalo que se desarrolla en el juicio por la muerte de Diego Maradona pone al descubierto la situación de la justicia en Argentina. "Para muestra basta un botón", reza el dicho popular, y en este juicio hemos tenido la oportunidad de observar lo peor de la justicia; la corrupción y la falta de empatía que la caracteriza.
En el ámbito judicial argentino, pesa mucho lo que se denomina "la familia judicial". No es raro que jueces, fiscales y otros empleados del poder judicial sean hijos o nietos de personas influyentes. Esto debería ser desterrado, ya que es un germen de falta de objetividad, una condición fundamental que debe tener un magistrado al impartir justicia.
También es común que en los concursos judiciales se otorgue al gobernador, en el caso de las provincias, la potestad de elegir uno de los tres primeros candidatos en la lista, sin importar el mérito. Esto se da solo por conveniencia política o amistad partidaria.
Un caso paradigmático es el del juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Ricardo Lorenzetti, quien ha "colonizado" el Juzgado Federal de Rafaela con amigos y familiares. Ha llegado al extremo de colocar a su esposa en un importante cargo, a pesar de no ser abogada en el momento de su ingreso a la justicia federal. Su hijo, Pablo Lorenzetti, un abogado poco conocido, representaba al Banco de la Nación Argentina en Rafaela y, a través de una "rara" maniobra del exgobernador peronista Omar Perotti, logró ingresar a la Cámara de Apelaciones de la Quinta Circunscripción Judicial sin la experiencia necesaria.
No debe sorprendernos lo que está sucediendo en el juicio por la muerte de Maradona. Todo está interconectado, y la justicia argentina está absolutamente contaminada, dejando de lado la objetividad que debería ser su valor fundamental. La justicia aquí es impiadosa con los débiles y servil con los poderosos. Esto debe cambiar; no podemos soportarlo más.
Necesitamos una verdadera justicia independiente y probada, sin influencias externas, y sobre todo, jueces y fiscales honestos que hagan bien su trabajo y no se sientan como dioses impunes. Al fin y al cabo, no son más que empleados de la ciudadanía, cobrando sus sustanciosos sueldos gracias a los impuestos que todos pagamos.


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