Hígado graso: los hábitos diarios que lo dañan y los que pueden salvarlo

SALUD Y NUTRICIÓN Ana Cohen
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El hígado graso no alcohólico se ha convertido en una de las enfermedades metabólicas más frecuentes del mundo y ya afecta a millones de personas sin que muchas lo sepan. Especialistas en hepatología y nutrición advierten que se trata de una patología silenciosa, estrechamente ligada al estilo de vida, y que puede prevenirse —e incluso revertirse en etapas iniciales— con cambios sostenidos en los hábitos cotidianos.

Según los expertos, el principal factor de riesgo es la combinación de mala alimentación y sedentarismo, un patrón cada vez más extendido en las sociedades urbanas.

Los hábitos que favorecen el hígado graso
Entre las conductas que aumentan significativamente la probabilidad de desarrollar hígado graso, los profesionales señalan:

  • Consumo excesivo de azúcares y harinas refinadas: bebidas azucaradas, productos de panadería industrial y alimentos ultraprocesados favorecen la acumulación de grasa en el hígado.
  • Dietas ricas en grasas saturadas y frituras: embutidos, comida rápida y productos con alto contenido calórico sin valor nutricional.
  • Sedentarismo: pasar muchas horas sentado y no realizar actividad física regular reduce la capacidad del cuerpo para metabolizar grasas.
  • Sobrepeso y obesidad: especialmente la acumulación de grasa abdominal está directamente asociada a esta enfermedad.
  • Consumo habitual de alcohol: aunque exista el hígado graso no alcohólico, el alcohol potencia el daño hepático.
  • Estrés crónico y mal descanso: la falta de sueño y el estrés sostenido alteran el metabolismo y favorecen procesos inflamatorios.


Los hábitos que ayudan a prevenirlo

En contraposición, los especialistas destacan que pequeñas modificaciones sostenidas en el tiempo tienen un impacto directo en la salud hepática:

  • Alimentación equilibrada: priorizar frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, pescado y aceite de oliva.
  • Reducción del azúcar y los ultraprocesados: evitar bebidas gaseosas, snacks y comidas preparadas industrialmente.
  • Actividad física regular: al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado, como caminar, nadar o andar en bicicleta.
  • Control del peso corporal: una baja del 5 al 10% del peso puede mejorar notablemente el estado del hígado.
  • Buena hidratación: tomar agua en cantidad suficiente favorece el funcionamiento metabólico.
  • Chequeos médicos periódicos: análisis de sangre y ecografías permiten detectar el problema a tiempo.
    Una enfermedad prevenible

Los expertos coinciden en que el hígado graso no es un destino inevitable. Detectado a tiempo, puede revertirse con hábitos saludables sin necesidad de medicación en muchos casos. Sin embargo, si no se trata, puede evolucionar hacia cuadros más graves como cirrosis o insuficiencia hepática.

“El hígado es un órgano noble, pero no infinito. Lo que hacemos todos los días con nuestra alimentación y nuestro cuerpo define su futuro”, explican los especialistas.

La prevención, remarcan, no pasa por dietas extremas ni soluciones mágicas, sino por una transformación gradual del estilo de vida. Comer mejor, moverse más y dormir adecuadamente sigue siendo la receta más efectiva para cuidar uno de los órganos clave del organismo.

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