Se viene el fin del mundo (con paro incluido)

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Rodolfo Aguiar lidera la multitud furiosa

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay dirigentes sindicales que anuncian paros. Y hay otros que anuncian el Apocalipsis con horario confirmado. Rodolfo Aguiar pertenece, sin dudas, a la segunda categoría. Si uno lo escucha con atención —y con casco— no está convocando a una huelga: está describiendo el tráiler de una película catástrofe donde el protagonista es el recibo de sueldo y el villano es la inflación con capa libertaria.

Según su diagnóstico, el 2026 será el año más conflictivo de la gestión de Javier Milei. Lo interesante no es la predicción en sí —los sindicalistas siempre anuncian el peor año de la historia, incluso cuando el peor año ya pasó — sino la precisión dramática. No es “un año complicado”, no. Es “el peor”. Falta que diga que los semáforos van a dejar de funcionar y que los cajeros automáticos van a empezar a escupir pagarés.

El paro del 21 de abril aparece, en este contexto, como una especie de ensayo general del caos. Una jornada donde el Estado se paraliza, los trabajadores reclaman y la inflación, según esta lógica, se queda en su casa reflexionando sobre sus errores. Porque esa es otra maravilla del universo discursivo: el paro como herramienta antiinflacionaria. Keynes nunca lo vio venir.

El argumento central es conocido: los salarios pierden contra los precios, el poder adquisitivo se derrite y la paciencia social tiene fecha de vencimiento. Hasta ahí, nada que no se haya escuchado en los últimos 40 años, con diferentes gobiernos, distintos colores políticos y la misma inflación saludando desde el balcón. Lo novedoso es la escala del relato: ya no se trata de discutir paritarias, sino de advertir que si no se reabren, el país entra en modo “The Walking Debt”.

Aguiar sostiene que los salarios deberían parecerse a los créditos que algunos funcionarios obtuvieron en el Banco Nación. La idea es interesante: igualar los sueldos a los préstamos. Es decir, cobrar como si todos fuéramos simultáneamente empleados públicos y clientes VIP del sistema financiero. Una especie de socialismo crediticio donde todos ganamos como gerentes, pero seguimos pagando como monotributistas.

La denuncia sobre la inflación merece capítulo aparte. Según el dirigente, la inflación actual es peor que la anterior. Esto implica que existe una escala moral de inflaciones: la inflación buena, la inflación mala y la inflación libertaria, que sería como la inflación pero con cara de villano de Marvel. La anterior, en cambio, debía ser una inflación más amigable, de esas que te aumentan el precio pero te piden disculpas.

El diagnóstico social también escala hacia el terreno de la ciencia ficción. El 83% de las personas serían pobres o casi pobres. Es un número tan alto que uno empieza a sospechar que en cualquier momento se declaran pobres los semáforos, las veredas y los perros de la plaza. La clase media, según esta narrativa, no sólo desapareció: fue abducida. Probablemente esté en una nave espacial, tomando mate con la inflación de los años noventa.

El cuestionamiento a las estadísticas oficiales suma otro ingrediente clásico: el instituto que mide la realidad siempre está mal cuando la realidad no coincide con lo que uno cree. Es una regla universal. Si el dato no me gusta, el problema es el termómetro. Nadie duda de la fiebre; lo que está en discusión es el mercurio.

Mientras tanto, se anuncia un plenario de 1.600 delegados para definir un “programa de la dignidad”. La escena es potente: cientos de representantes sindicales debatiendo cómo devolverle dignidad a un país que, según el mismo diagnóstico, ya está en ruinas. Es como organizar una reunión de consorcio en el Titanic para discutir el color de las cortinas.

El argumento más contundente llega al final: si a este Gobierno le va bien, al resto le irá mal. Es una lógica fascinante. No se trata de que el plan económico funcione o no, sino de que, en caso de funcionar, será perjudicial por definición. Es el primer caso en la historia donde el éxito también es una mala noticia. Un hallazgo conceptual digno de ser patentado.

Por supuesto, del otro lado tampoco hay santos. El Gobierno responde con su propia épica, sus propios números y su propia fe en que el rumbo es el correcto, aunque el camino tenga más baches que una ruta provincial después de una lluvia. En el medio, como siempre, queda la realidad, que no suele pedir permiso para contradecir a nadie.

Así, entre paros que prometen salvar al salario, inflaciones que cambian de personalidad según el gobierno de turno y estadísticas que se discuten como si fueran opiniones, la Argentina sigue haciendo lo que mejor sabe: debatir su crisis con una creatividad envidiable.

El 2026, entonces, promete ser el año más conflictivo, el más difícil o el más importante, según quién tenga el micrófono. Mientras tanto, los ciudadanos comunes —esa especie en extinción que todavía paga impuestos y hace cuentas en el supermercado— miran todo este espectáculo con una mezcla de resignación y asombro.

Porque al final del día, entre tanto anuncio dramático, lo único que no cambia es lo esencial: el sueldo sigue alcanzando, con mucha suerte e imaginación, hasta la tercera semana del mes, la inflación sigue llegando antes que las soluciones y el futuro sigue siendo ese lugar misterioso donde, aparentemente, todo se va a arreglar… pero nunca hoy.

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