


Por Carlos Zimerman
La batalla cultural que el mundo libre debe dar para terminar con el comunismo recalcitrante no puede seguir siendo abstracta ni tibia. Necesita un eje concreto, un símbolo político de alto impacto global. Ese eje es, sin rodeos, la caída definitiva de la dictadura en Cuba.
Durante más de seis décadas, el régimen cubano fue maquillado como una “revolución humanista”, cuando en realidad se transformó en una fábrica de pobreza, represión y exilio. No hay libertad de prensa, no hay elecciones reales, no hay pluralismo. Y sin embargo, sigue siendo el tótem ideológico de una izquierda internacional que necesita ese mito para justificar sus fracasos.
Hoy, el mundo asiste a un fenómeno político nuevo: el surgimiento de liderazgos que se animan a decir lo que otros callan. En ese escenario, dos nombres concentran la atención global: Javier Milei y Donald Trump. Distintos en estilo, pero coincidentes en un punto central: el comunismo no es una alternativa moral ni económica, es una amenaza a la libertad.
Milei se ha convertido, quizás sin proponérselo, en la figura más influyente de la derecha internacional junto a Trump. Desde la Argentina, con un discurso frontal contra el socialismo, el colectivismo y el Estado omnipresente, logró instalar una narrativa que hoy se replica en foros económicos, cumbres políticas y debates culturales en todo Occidente. No es casual que sea escuchado con atención en Estados Unidos, Europa y América Latina.
Trump, por su parte, tiene la potencia política para transformar ese discurso en acción. Si decide ponerse al hombro la democratización urgente de Cuba, no solo estaría ayudando a un pueblo sometido: estaría enviando el mensaje más fuerte al mundo entero. Caer Cuba sería demoler el símbolo histórico del comunismo latinoamericano.
Porque si cae el símbolo, cae el relato. Cuba es el último altar del progresismo autoritario. Es el ejemplo que se usa para justificar controles, persecuciones y Estados que deciden por la gente. Derribar ese mito, acompañando un proceso real de apertura democrática, sería el golpe cultural más profundo contra la izquierda radical del siglo XXI.
La convergencia entre Milei y Trump no es solo política: es cultural. Ambos entienden que la libertad económica es inseparable de la libertad política, y que no hay justicia social posible sin democracia real. Entre los dos pueden marcar una época: un nuevo ciclo histórico donde el comunismo deje de ser una opción respetable en el debate internacional.
No se trata de imponer modelos por la fuerza, sino de liderar con claridad moral. De apoyar a quienes dentro de Cuba reclaman elecciones, derechos humanos y libre empresa. De decir sin eufemismos que una dictadura es una dictadura, aunque se disfrace de revolución.
La batalla cultural no se gana solo con discursos ni con consignas. Se gana con hechos. Y el hecho más potente sería ver a Cuba dejar atrás más de sesenta años de opresión.
Si Milei y Trump logran articular ese mensaje común, el impacto será histórico: un mundo más libre del comunismo, más democrático y, sin dudas, mucho mejor. Ese es el verdadero desafío de esta generación política. Y también, la oportunidad de dejar una huella imborrable en la historia.












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