



En las últimas horas, allegados al intendente Leonardo Viotti nos confirmaron que está decidido a buscar la reelección en 2027. La determinación habría sido tomada luego de que Luis Castellano dejara en claro que no será candidato y que su apoyo político estará orientado hacia Juan Senn.
La apuesta de Viotti parece descansar sobre una premisa sencilla: que los Juegos Odesur, las obras vinculadas a ese evento, la finalización de algunos trabajos en el centro de la ciudad y el comienzo de las obras en la Recova Ripamonti alcanzarán para revertir la imagen de una gestión que, hasta aquí, ha mostrado más promesas que resultados.
Sin embargo, la realidad cotidiana de los rafaelinos parece ir por otro camino. La ciudad atraviesa uno de los momentos más complejos de los últimos años y los problemas están a la vista de todos.
La inseguridad crece, la suciedad urbana es evidente, los baches y pozos se multiplican en prácticamente todos los barrios, la inseguridad vial genera preocupación permanente y la problemática de las aves continúa sin una solución efectiva después de años de anuncios y promesas.
Pero existe un dato que agrava aún más el balance de gestión: Viotti aumentó los impuestos municipales como ningún otro intendente que la memoria reciente recuerde. Los contribuyentes hicieron un enorme esfuerzo para afrontar tasas cada vez más elevadas, bajo la promesa de una ciudad mejor administrada y con más servicios.
Sin embargo, las soluciones nunca llegaron. Los vecinos pagan más, pero siguen transitando calles deterioradas, conviviendo con problemas de limpieza, inseguridad y una evidente falta de respuestas en cuestiones esenciales.
Lo más preocupante es que la presión tributaria parece no tener techo. La intención de continuar aumentando impuestos sigue vigente, aunque por ahora el Concejo Municipal le ha puesto un freno a las aspiraciones recaudatorias del Ejecutivo. Resulta difícil explicar por qué una administración que recauda cada vez más no logra traducir esos recursos en mejoras visibles para la calidad de vida de los ciudadanos.
Si hubiera que resumir la gestión de Viotti en una sola medida concreta, probablemente la respuesta sería una: aumentar impuestos. Porque más allá de los discursos, los anuncios y las promesas, ese es el aspecto que más claramente perciben los vecinos en su economía cotidiana.
A casi tres años de gobierno, resulta difícil identificar una transformación profunda que haya cambiado la vida de los rafaelinos. Más allá de algunas obras puntuales, la sensación predominante es que Rafaela está estancada y que muchos de los problemas históricos siguen exactamente donde estaban o incluso peor.
Da la impresión de que Viotti cree que una serie de inauguraciones realizadas contra reloj podrán modificar la percepción social. Es una lectura equivocada y, sobre todo, peligrosa. Los votantes no evalúan únicamente las cintas que se cortan durante una campaña electoral; evalúan cómo viven todos los días, cómo circulan por las calles, cómo sienten la seguridad de sus familias y cómo observan el estado general de la ciudad.
Subestimar al electorado suele ser uno de los errores más graves que puede cometer un dirigente político. Pensar que algunas obras visibles alcanzarán para ocultar años de falencias de gestión es desconocer que la sociedad actual tiene memoria y capacidad para distinguir entre una transformación real y una puesta en escena electoral.
La decisión de Castellano de no competir y respaldar a Senn parece haber convencido a Viotti de que el escenario le resulta favorable. Sin embargo, los vecinos no votan especulaciones políticas; votan realidades. Y la realidad que encuentran cada mañana cuando salen de sus casas difícilmente coincida con el optimismo que parece existir dentro del Palacio Municipal.
Viotti menosprecia al votante cuando cree que podrá encandilarlo con un maquillaje de último momento. Las obras pueden ser importantes, pero no alcanzan cuando llegan tarde y cuando no están acompañadas por una gestión eficiente en los problemas cotidianos.
La suerte parece estar echada. El boleto está picado. Y si algo ha demostrado la historia política reciente es que el votante es mucho más inteligente de lo que algunos dirigentes creen.
Porque al final del camino, las campañas pueden construir relatos, pero la realidad siempre termina imponiéndose sobre la propaganda.









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