




Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
La política argentina tiene una capacidad extraordinaria para domesticar las convicciones. Lo que ayer era un límite moral, hoy puede convertirse en una explicación jurídica. Lo que antes merecía una condena enfática, después encuentra matices, tecnicismos y hasta gestos de comprensión. Pocas trayectorias ilustran esa mutación con tanta claridad como la de Miguel Ángel Pichetto, un dirigente que construyó buena parte de su identidad pública enfrentando al kirchnerismo más duro y que ahora aparece formulando argumentos que, hace apenas unos años, habrían sido patrimonio exclusivo del universo político de Cristina Fernández de Kirchner.
No se trata de cuestionar el derecho de un dirigente a cambiar de opinión. La política exige revisar diagnósticos cuando cambia la realidad. El problema aparece cuando el cambio no viene acompañado de una explicación proporcional a la magnitud del giro. Porque entre el Pichetto que integró la fórmula presidencial con Mauricio Macri en 2019 para ofrecer una alternativa al ciclo kirchnerista y el Pichetto que hoy sostiene que la condena contra Cristina es "totalmente nula", hay mucho más que una evolución intelectual. Hay un desplazamiento que obliga a preguntarse dónde termina la reflexión y dónde empieza la conveniencia.
Su crítica al Gobierno por minimizar el endeudamiento de las familias es, en sí misma, atendible. Resulta difícil sostener que la morosidad creciente pueda explicarse únicamente por un supuesto efecto de consumo vinculado al Mundial cuando existen indicadores que muestran dificultades más profundas en el bolsillo de millones de argentinos. La deuda por alimentos, la pérdida de poder adquisitivo, la fragilidad del empleo formal y el cierre de actividades económicas constituyen problemas reales que merecen ser discutidos sin caricaturas.
Sin embargo, esa observación económica queda rápidamente eclipsada por otro movimiento mucho más significativo: el intento de reposicionarse en un tablero donde Cristina vuelve a ocupar el centro de la escena.
Durante años, Pichetto fue uno de los principales críticos del funcionamiento político del kirchnerismo. Cuestionó su concepción del poder, sus métodos de construcción y el deterioro institucional que, según sostenía entonces, había producido aquel ciclo. Su incorporación a la fórmula presidencial encabezada por Macri representó precisamente esa ruptura: simbolizaba la decisión de un histórico dirigente peronista de cruzar una frontera política para enfrentar un modelo que consideraba agotado.
Ese antecedente vuelve especialmente llamativas sus declaraciones actuales sobre la situación judicial de la ex presidenta.
Cuando afirma que la inhabilitación perpetua "no es una pena de este siglo", el debate ya no gira solamente alrededor del expediente judicial. Lo que emerge es una redefinición del significado político de una condena que durante años fue presentada por amplios sectores del antikirchnerismo como una prueba del funcionamiento institucional. Ahora, desde la voz de uno de aquellos protagonistas, esa misma condena aparece envuelta en un relato de nulidad, revisión internacional y eventual rehabilitación electoral.
La paradoja es difícil de ignorar.
No hace falta desconocer el derecho de cualquier condenado a agotar todas las instancias de apelación para advertir que el lenguaje elegido marca una diferencia enorme respecto del discurso que Pichetto sostenía cuando ocupaba la vereda opuesta. Defender garantías procesales no equivale necesariamente a describir una sentencia como inválida en términos absolutos. Y, sin embargo, esa es precisamente la frontera que decidió cruzar.
Todavía más revelador resulta el reconocimiento de que mantiene conversaciones con Cristina sobre cuestiones jurídicas. La escena tiene algo de ironía histórica: quien alguna vez fue presentado como uno de los rostros del peronismo republicano dialogando con la dirigente cuya figura había contribuido a polarizar la política argentina durante más de una década.
Mientras tanto, su diagnóstico sobre el Gobierno también incorpora otro elemento conocido: la preocupación por el funcionamiento interno del poder presidencial. Señala la influencia creciente de Karina Milei, cuestiona el supuesto aislamiento del Presidente y critica el tono agresivo con el que se relaciona con periodistas y opositores.
Son observaciones legítimas dentro del debate democrático. Pero también invitan a recordar que la Argentina viene acumulando problemas de concentración política, liderazgos personalistas y tensiones institucionales desde hace bastante más tiempo que el actual Gobierno. Precisamente por eso sorprende que el mismo dirigente que durante años alertó sobre esos riesgos hoy parezca dispuesto a relativizar el legado político de quien fue protagonista central de aquella etapa.
Hay otro aspecto que vuelve especialmente incómodo este reposicionamiento: la defensa de las PASO.
Pichetto las presenta como una herramienta democrática que permitiría ordenar a la oposición frente a un oficialismo que buscaría modificar las reglas según su conveniencia. El argumento tiene consistencia institucional. Pero vuelve a aparecer la sensación de que las reglas adquieren un valor distinto según el lugar desde el que se las observe. La política argentina lleva demasiado tiempo atrapada en esa lógica donde las instituciones parecen ser principios permanentes únicamente mientras benefician al propio espacio.
Quizás la declaración más significativa sea aquella en la que pone en duda la idea de que una Cristina fortalecida electoralmente favorezca necesariamente a Javier Milei. Allí aparece otro cambio profundo.
Durante años, buena parte del discurso opositor se sostuvo sobre la premisa de que el liderazgo de Cristina representaba el principal obstáculo para construir consensos amplios y estabilizar el sistema político. Ahora, Pichetto describe una realidad diferente: reconoce su alta intención de voto y parece asumir que su centralidad constituye un dato político con el que habrá que convivir.
Es un reconocimiento pragmático. Pero también implica aceptar que aquella apuesta por cerrar definitivamente un ciclo quedó mucho más lejos de lo que se prometía.
La historia política argentina está llena de dirigentes que cambiaron de posición. Algunos lo hicieron para adaptarse a nuevas circunstancias. Otros porque comprendieron que la realidad había desmentido sus certezas. Y algunos, simplemente, porque el mapa del poder volvió a reorganizarse.
El caso de Pichetto deja una pregunta incómoda flotando sobre la mesa: ¿qué queda de las convicciones cuando los antiguos adversarios empiezan a parecer interlocutores inevitables?
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de este episodio. No habla solamente del recorrido de un dirigente. Habla de una política que convierte las fronteras ideológicas en líneas de lápiz fácilmente borrables. Habla de discursos que se endurecen cuando conviene confrontar y se flexibilizan cuando resulta útil reposicionarse. Habla, en definitiva, de una Argentina donde la memoria política suele durar menos que las necesidades del presente.
Y allí aparece el verdadero riesgo. Porque cuando la coherencia deja de ser un activo y pasa a convertirse en una carga, la política empieza a parecer un territorio donde todo puede explicarse, justificarse o reinterpretarse. Incluso aquello que, no hace tanto tiempo, parecía imposible de reconciliar.






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