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Resumen
- Rafaela parece haber llegado al punto de celebrar como una gran obra lo que debería ser una obligación elemental de cualquier gestión municipal.
- Después de años de abandono, Leonardo Viotti decidió restaurar la fachada de la Recova Ripamonti, uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.
- El problema es que se está recuperando apenas la cara visible de un edificio que continúa siendo, en buena medida, una cáscara vacía.
- Durante 12 años, Luis Castellano tuvo tiempo suficiente para hacer algo por el histórico inmueble y no lo hizo. Ahora, al menos, Viotti encendió una pequeña luz.
- No hay motivos para descorchar champagne ni tirar cohetes: pintar, revocar y reparar una fachada no constituye una transformación histórica de la ciudad.
- La Recova Ripamonti terminó convirtiéndose en un perfecto ejemplo de una política local que se acostumbró a celebrar lo mínimo porque parece no estar en condiciones de ofrecer demasiado.
Hay algo que los rafaelinos deberíamos empezar a discutir seriamente: ¿por qué nos conformamos con tan poco?
En Rafaela pareciera que alcanzó con comprar unos tarritos de pintura, un poco de cal, algo de cemento y levantar la persiana de una obra para que automáticamente tengamos que hablar de una gestión transformadora.
No es una exageración. Por estos días se celebra que el intendente Leonardo Viotti haya decidido avanzar con la recuperación de la fachada de la Recova Ripamonti, uno de los edificios más importantes y simbólicos de la historia de nuestra ciudad.
Y está bien que se haga.
Claro que está bien.
Después de semejante abandono, cualquier mejora se agradece.
Pero tampoco exageremos.
No estamos ante la recuperación integral de la Recova Ripamonti. Estamos ante una lavada de cara.
Y quizás ahí esté el verdadero problema.
Cuando pintar una fachada parece una obra monumental
Pasaron años.
Muchísimos años.
Y durante todo ese tiempo, a ninguno de los grandes cerebros que tuvieron en sus manos el gobierno de Rafaela se le ocurrió algo demasiado sofisticado: mantener en condiciones un edificio histórico.
No hacía falta una megaobra.
No había que descubrir la pólvora.
No era necesario inventar una nueva tasa municipal.
Alcanzaba con algo bastante más sencillo: pintura, cemento, cal, mantenimiento y voluntad política.
Pero ni siquiera eso.
La Recova Ripamonti fue envejeciendo frente a nuestros ojos mientras los gobiernos municipales pasaban, inauguraban otras cosas, anunciaban otras cosas, prometían otras cosas y, aparentemente, tenían asuntos mucho más importantes que atender.
Ahora Viotti decidió intervenir.
Y hay que reconocerlo.
Al menos a alguien se le prendió una pequeña lamparita.
Después de tantos años de oscuridad, tampoco vamos a exigir un reflector.
Viotti y el “engaña pichanga”
El problema es que tampoco hay que confundir una fachada recuperada con la recuperación de un edificio.
Porque la Recova Ripamonti sigue teniendo un problema de fondo: es, en gran medida, una cáscara vacía.
Muy linda, probablemente.
Mucho más digna.
Mucho más presentable.
Pero una cáscara al fin.
Y eso es lo que no deberíamos perder de vista.
Una ciudad no se transforma porque un edificio histórico quede bonito para la foto.
Se transforma cuando ese edificio vuelve a tener vida, actividad, contenido, utilidad y una función que justifique su existencia.
Por eso la restauración de la fachada puede ser bienvenida, pero venderla como si fuera la recuperación definitiva de la Recova sería, por lo menos, un exceso de entusiasmo.
O, para decirlo en criollo, un “engaña pichanga”.
La foto mejora.
La postal mejora.
La vista mejora.
Pero el problema de fondo sigue esperando.
Doce años mirando para otro lado
Y acá aparece otro dato que no puede ser ignorado.
Luis Castellano gobernó Rafaela durante 12 años.
Doce.
No doce meses.
No doce semanas.
Doce años.
Tuvo tiempo más que suficiente para hacer algo con la Recova Ripamonti.
No lo hizo.
Y eso también forma parte de la historia.
Porque resulta demasiado sencillo criticar ahora una obra menor cuando durante más de una década quienes estuvieron al frente del Municipio tampoco encontraron el momento, los recursos o la voluntad para poner en valor uno de los edificios que forman parte de la identidad de la ciudad.
Por eso, aunque sea una intervención modesta, a Viotti hay que reconocerle al menos que hizo algo que sus antecesores dejaron dormir durante años.
No es poco.
Pero tampoco es muchísimo.
Y justamente ahí está la cuestión.
El problema somos nosotros
Quizás el verdadero problema no sea solamente Viotti.
Ni Castellano.
Ni el intendente anterior.
Ni el intendente actual.
Quizás el problema sea que como sociedad nos acostumbramos a celebrar lo mínimo.
Nos acostumbramos a que arreglar una calle sea una obra extraordinaria.
A que cambiar una luminaria parezca una transformación urbana.
A que pintar una fachada histórica sea motivo suficiente para llenar páginas y páginas.
A que una gestión municipal pueda exhibir como grandes logros cosas que, en cualquier ciudad razonablemente administrada, deberían formar parte de las tareas habituales de mantenimiento.
Nos conformamos con poquito.
Destacamos lo pequeño.
Nos alegramos con lo ínfimo.
Y cuando aparece algo apenas superior al abandono, parece que debemos agradecerlo como si nos hubieran regalado la Torre Eiffel.
La Recova como espejo de Rafaela
La Recova Ripamonti terminó siendo mucho más que un edificio.
Es un espejo de la política rafaelina.
Un edificio histórico que durante años fue dejado de lado, una fachada que se deterioró, gobiernos que pasaron y una sociedad que terminó acostumbrándose a que no suceda demasiado.
Ahora alguien decidió arreglarlo.
Bienvenido sea.
Pero no confundamos maquillaje con transformación.
Si Viotti quiere realmente recuperar la Recova Ripamonti, tendrá que ir mucho más allá de la pintura y el revoque. Tendrá que lograr que ese espacio vuelva a ser parte activa de la ciudad.
Y si no lo hace, simplemente tendremos una fachada hermosa escondiendo el mismo vacío de siempre.
Porque esa es, quizás, la mejor definición de lo que nos pasa.
Nos acostumbramos tanto a la mediocridad que cuando alguien hace lo mínimo indispensable lo convertimos en una hazaña.
Viotti no hizo una obra monumental.
Hizo lo que había que hacer hacía muchísimo tiempo.
Y por eso corresponde reconocerlo.
Pero también corresponde exigirle más.
Muchísimo más.
Porque Rafaela no puede seguir siendo una ciudad donde pintar una pared sea noticia, arreglar una fachada sea una epopeya y mantener el patrimonio histórico parezca una hazaña de gobierno.
Así estamos.
Y mientras sigamos conformándonos con tan poco, probablemente nuestros dirigentes tampoco encuentren demasiados motivos para darnos mucho más.




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