

Todo termina y mañana empieza la realidad
“Todo concluye al fin. Nada puede escapar. Todo tiene un final. Todo termina.”
La recordada canción de Vox Dei parece escrita para este domingo en Santa Fe.
Porque hoy terminan los Juegos Suramericanos. Hoy se apagan las luces, termina la competencia, se van las delegaciones, concluyen los festejos y comienza, inevitablemente, el día después.
Y el día después tiene una particularidad: no hay escenarios, no hay inauguraciones, no hay ceremonias, no hay discursos grandilocuentes y tampoco hay cámaras suficientes para maquillar la realidad.
Desde mañana hay que volver a gobernar.
Y ahí está el verdadero desafío para Maximiliano Pullaro y para Leonardo Viotti.
Durante semanas, Santa Fe y Rafaela fueron presentadas como si todo fuera perfecto. Los Juegos permitieron construir una imagen de modernidad, infraestructura, organización y progreso. Y nadie puede negar que organizar un acontecimiento deportivo internacional tiene aspectos positivos.
Pero una cosa es organizar una fiesta y otra muy diferente es administrar la casa cuando los invitados se fueron.
Y acá aparece la pregunta que necesariamente habrá que hacerse.
¿Cuánto costó toda esta fiesta?
Las cifras difundidas ubican la inversión vinculada a los Juegos en más de 195 mil millones de pesos. Es una cantidad de dinero enorme. Y precisamente por eso, cuando hoy se cierre la competencia, comienza también la discusión que durante estos días quedó deliberadamente relegada a un segundo plano: qué queda, cuánto costará mantenerlo y qué beneficio concreto tendrá para los ciudadanos.
Porque inaugurar es relativamente sencillo.
Lo difícil viene después.
Mantener las instalaciones, sostener los servicios, garantizar que la infraestructura no se convierta en un elefante blanco y, al mismo tiempo, atender las necesidades cotidianas de miles de santafesinos.
La imagen podría resumirse de una manera brutalmente sencilla:
Se hizo la fiesta de quince de la nena en el mejor hotel de la ciudad y ahora hay que volver a casa para descubrir que el techo se llueve.
¿Hay dinero para arreglarlo?
Esa es la pregunta.
Porque mientras se gastaban recursos millonarios en los Juegos, los problemas cotidianos de la gente no desaparecieron.
En Rafaela siguen existiendo reclamos por calles, tránsito, transporte, limpieza, seguridad y servicios. En la provincia también existen necesidades que requieren recursos, gestión y respuestas concretas.
Y mañana nadie podrá decir que no sabía.
Los pozos no se fueron con las delegaciones.
La inseguridad no terminó con la ceremonia de clausura.
Los problemas del transporte no se solucionaron porque durante dos semanas hubo competencias deportivas.
Las necesidades de los vecinos tampoco se tomaron vacaciones.
Por eso, a partir de mañana comienza otra etapa.
Una etapa bastante menos simpática para la política.
Porque ya no se trata de mostrar lo que se hizo.
Ahora habrá que demostrar qué se puede hacer.
Y esto vale especialmente para Pullaro y Viotti.
Los dos tuvieron durante estos días una vidriera extraordinaria. Ahora tendrán que volver a la realidad cotidiana, esa que no tiene tribunas llenas ni delegaciones extranjeras y donde un vecino no pregunta cuántas medallas consiguió la provincia.
Pregunta cuándo le van a arreglar la calle.
Pregunta cuándo pasa el colectivo.
Pregunta cuándo habrá más seguridad.
Pregunta por qué paga tanto.
Pregunta qué se hizo con sus impuestos.
Eso también es gobernar.
Y quizás sea la parte más importante.
Porque el verdadero éxito de los Juegos no se medirá solamente por la cantidad de atletas que participaron, las medallas obtenidas o la repercusión internacional.
Se medirá por lo que quede cuando todo termine.
Y hoy, precisamente hoy, todo termina.
Termina la fiesta.
Termina el espectáculo.
Termina el relato de estos días.
Y mañana comienza la obligación de hacerse cargo.
Como decía Vox Dei: “Termino cada día, empiezo cada día, creyendo en mañana, fracaso hoy”.
Pues bien.
Mañana no hay excusas.
Mañana hay que empezar de nuevo.
Pero esta vez sin Juegos Suramericanos como telón de fondo.
Esta vez hay que trabajar por la gente.
Porque los gobiernos no son evaluados solamente por las fiestas que organizan.
También son evaluados por cómo encuentran la casa cuando termina la fiesta.
Y ahora hay que abrir la puerta, mirar el techo, mirar las calles, mirar los barrios y empezar a reparar lo que realmente importa.
Se terminó el espejismo. Ahora empieza la realidad.





























