La economía de Milei apuesta al dólar estable y al frente externo

ECONOMÍA Agencia de Noticias del Interior

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  • La estrategia económica de Javier Milei prioriza la estabilidad cambiaria y la continuidad de la desaceleración inflacionaria.
  • El superávit comercial de 2026 podría ubicarse entre US$25.000 millones y US$28.300 millones, impulsado por el crecimiento de las exportaciones.
  • El agro, la energía y la minería concentran buena parte del aumento esperado en los ingresos de divisas.
  • La economía interna muestra un desempeño más débil, con retrocesos en la industria y la construcción.
  • Las proyecciones de crecimiento del PIB fueron reducidas y ahora se espera una expansión cercana al 2,1% durante 2026.
  • El desafío político del Gobierno será convertir la estabilidad del dólar y la menor inflación en una recuperación más visible del consumo, el empleo y la actividad.

La economía argentina atraviesa una etapa marcada por una combinación de estabilidad cambiaria, desaceleración de la inflación y una fuerte expansión del frente externo, aunque con una contracara cada vez más visible en los sectores vinculados al mercado interno. Esa diferencia plantea uno de los principales interrogantes hacia las próximas elecciones: si la sociedad terminará premiando la previsibilidad económica o si pondrá el foco en las dificultades que todavía persisten en el consumo, la industria y la construcción.

La estrategia del Gobierno de Javier Milei tiene una prioridad definida: consolidar la estabilidad del dólar y profundizar el proceso de desinflación. El ministro de Economía, Luis Caputo, sostiene así un esquema en el que la disponibilidad de divisas ocupa un lugar central, aun cuando la recuperación de la actividad económica avanza a un ritmo considerablemente menor al esperado inicialmente.

Uno de los principales respaldos de esta política aparece en la balanza comercial. Para 2026 se proyecta un superávit de bienes de al menos US$25.000 millones, mientras que algunas estimaciones elevan ese resultado hasta aproximadamente US$28.300 millones. De concretarse, representaría una mejora muy significativa frente al déficit de US$6.925 millones registrado en 2023 y también superaría los saldos positivos obtenidos en 2024 y 2025.

El salto estaría explicado principalmente por el crecimiento de las exportaciones. Los envíos al exterior podrían alcanzar los US$101.300 millones durante este año, frente a los US$87.111 millones del período anterior. Al mismo tiempo, las importaciones se ubicarían en torno de los US$73.000 millones, con una reducción de 3,7% respecto de 2025.

La fortaleza exportadora tiene como protagonistas al agro, la energía y la minería. El complejo agroindustrial aportaría alrededor de US$41.980 millones, con incrementos importantes en soja, maíz y trigo. El complejo sojero alcanzaría unos US$20.780 millones, mientras que las exportaciones de maíz y trigo también registrarían fuertes avances.

La energía constituye otro de los pilares. Las exportaciones del sector podrían crecer 57%, hasta los US$17.400 millones. El petróleo sería determinante, con ingresos estimados en US$11.930 millones, muy por encima de los US$6.716 millones registrados en 2025. La minería, por su parte, crecería 48% y alcanzaría unos US$9.000 millones, con el litio como uno de los principales impulsores.

A este escenario se suma un contexto internacional favorable para varios productos argentinos. La suba de los precios de los commodities incrementó el valor potencial de las exportaciones y fortaleció la generación de divisas. Ese flujo le otorga mayor margen al Banco Central para intervenir sobre el mercado cambiario y reducir las presiones sobre el dólar.

El problema es que la fortaleza del sector externo no se replica con la misma intensidad dentro de la economía doméstica. Las expectativas oficiales de crecimiento para 2026 se fueron moderando y las proyecciones privadas recopiladas por el Banco Central ubican ahora la expansión del Producto Interno Bruto en torno del 2,1%, muy por debajo del 5% que se esperaba inicialmente.

La industria es uno de los sectores que refleja esa pérdida de dinamismo. En julio registró una caída mensual de 5% y una baja interanual de 4,9%, mientras que en los primeros siete meses del año acumuló una contracción de 2,6%. La construcción también mostró retrocesos, con una disminución mensual desestacionalizada de 4,6% y una caída interanual de 4,5%.

El menor ritmo de actividad también aparece en las importaciones destinadas a sectores no energéticos, que proyectan una reducción de 3,9%. La evolución funciona como una señal de que la demanda interna y las necesidades de insumos para la producción todavía no recuperaron el dinamismo suficiente.

En este contexto, el Gobierno parece priorizar la estabilidad antes que una aceleración inmediata del consumo. El objetivo es utilizar los dólares provenientes del agro, Vaca Muerta y el litio para sostener un mercado cambiario previsible y continuar reduciendo la inflación.

La incógnita política estará en determinar si esa estrategia alcanza para consolidar el respaldo social antes de las próximas elecciones. La economía presenta indicadores externos sólidos y una mayor previsibilidad monetaria, pero también sectores productivos y trabajadores vinculados al mercado interno que todavía esperan una recuperación más contundente.

La evolución de ambas realidades será determinante. Si la estabilidad cambiaria y la baja de la inflación logran traducirse progresivamente en mayor consumo, inversión y empleo, el Gobierno podrá exhibir una recuperación más equilibrada. Si esa transmisión demora demasiado, la distancia entre los sectores exportadores y la economía cotidiana podría transformarse en uno de los principales desafíos políticos de la administración Milei.

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