El partido eterno

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay algo que la política argentina aprendió hace mucho tiempo y nunca olvidó: los mundiales duran un mes; las campañas electorales, en cambio, parecen eternas. Mientras millones de personas discuten si el técnico acertó con los cambios, en los despachos oficiales se analiza otro banco de suplentes, el de los candidatos. La pelota rueda en una cancha, pero las miradas están puestas en otra competencia, bastante menos emocionante y mucho más larga: la que tiene como premio cuatro años más de poder.

El Gobierno encontró en el Mundial un aliado inesperado. No porque un gol mejore la macroeconomía ni porque una clasificación a semifinales reduzca el déficit fiscal, sino porque el fútbol tiene esa capacidad casi milagrosa de correr el foco de la discusión pública. Durante noventa minutos nadie habla del consumo, de la industria o del empleo. La conversación gira alrededor de un penal, un offside o una atajada. Y en política, cuando la agenda deja de hablar de los problemas, alguien siente que empieza a ganar aunque todavía no haya resuelto ninguno.

Con ese viento un poco más favorable, en la Casa Rosada volvió a aparecer una palabra que nunca desaparece del todo: reelección. Es curioso cómo funciona el poder. Todavía falta un largo trecho para la próxima elección, pero ya se discute como si fuera el único tema importante del país. La inflación puede bajar, subir o tomarse vacaciones; la actividad económica puede dar señales contradictorias; el bolsillo puede seguir haciendo equilibrio. Nada de eso altera el calendario mental de la política. Allí el reloj siempre marca "modo campaña".

Por eso resulta llamativo que la gran batalla del momento no sea por una ley económica ni por una reforma estructural, sino por las reglas del juego electoral. Las PASO volvieron a convertirse en el centro de la escena. Hace apenas unos años eran presentadas como una conquista democrática imprescindible. Ahora muchos las describen como un gasto innecesario. En Argentina las instituciones tienen la extraña costumbre de ser excelentes o pésimas según quién crea que puede ganar gracias a ellas.

La explicación oficial habla de ahorro, simplificación y eficiencia. Nadie discute que organizar una elección cuesta dinero. El problema es que cuesta creer que el ahorro sea la verdadera motivación cuando la discusión política gira, casi exclusivamente, alrededor de las ventajas y desventajas electorales que tendría suspenderlas. En política, como en el truco, cuando alguien insiste demasiado en explicar una jugada, conviene mirar las cartas.

En ese mismo laboratorio apareció otra creación bien argentina: las listas colectoras. El nombre ya parece salido de una oficina de ingeniería electoral. La idea consiste en competir separados para terminar juntos, conservar identidades propias mientras se comparte el mismo candidato presidencial y permitir que todos sonrían en la foto sin pelearse por el centro del cuadro. Es una solución tan sofisticada que ni quienes la impulsan parecen tener completamente claro cómo funcionaría en la práctica.

Los gobernadores escucharon la propuesta con la prudencia de quien recibe un contrato escrito con letra demasiado chica. Nadie salió corriendo a abrazarla. Algunos apoyan revisar las PASO, otros las defienden y varios prefieren no comprometerse. No es falta de opinión; es exceso de experiencia. Después de tantos años en política aprendieron que el entusiasmo prematuro suele terminar siendo una mala inversión.

La relación entre la Casa Rosada y las provincias parece atravesada por una enfermedad muy argentina: la desconfianza crónica. Las reuniones abundan, las fotos también, pero el verdadero capital político sigue siendo la palabra cumplida, un recurso bastante más escaso que las conferencias de prensa. Los gobernadores no reclaman discursos épicos ni promesas grandilocuentes; apenas pretenden saber que un compromiso firmado hoy seguirá vigente la semana próxima. En tiempos de alta volatilidad política, esa certeza vale más que cualquier encuesta.

Mientras tanto, el oficialismo mira con atención el tablero de la oposición, donde tampoco reina precisamente la armonía. El PRO continúa discutiendo cómo convivir con La Libertad Avanza sin perder su identidad, una tarea que se parece bastante a querer compartir un departamento con alguien que insiste en cambiar la cerradura todos los fines de semana. Las conversaciones existen, los gestos también, pero las sospechas pesan bastante más que las sonrisas.

Del otro lado, el peronismo sigue desarrollando una de sus especialidades históricas: debatir su unidad mientras exhibe sus diferencias. La discusión ya no pasa solamente por nombres propios sino por el modo de construir el próximo liderazgo. Como suele ocurrir, todos aseguran priorizar el proyecto colectivo, aunque cada uno tenga una definición bastante personal de lo que significa exactamente "colectivo".

En el medio de ese ajedrez permanente aparece la economía, que insiste en comportarse con una testarudez poco conveniente para cualquier relato político. Algunos indicadores ofrecen señales alentadoras, otros muestran retrocesos difíciles de disimular y casi todos invitan a la prudencia. La inflación parece haber abandonado la velocidad de otros tiempos, pero la recuperación de la actividad continúa moviéndose con la irregularidad de un serrucho. Hay sectores que encuentran motivos para el optimismo y otros que siguen esperando que ese optimismo llegue acompañado de clientes.

La industria y la construcción siguen siendo dos termómetros especialmente sensibles. Allí los números todavía obligan a bajar el tono de los festejos. Porque una economía puede mejorar en los gráficos mucho antes de hacerlo en las fábricas, los comercios o los hogares. Esa distancia entre la estadística y la vida cotidiana suele convertirse en el terreno más incómodo para cualquier gobierno.

Quizás por eso el Mundial resulte tan útil para todos los actores políticos. Durante unas semanas el país parece concederse una tregua emocional. La pelota consigue lo que rara vez logra un dirigente: captar la atención sin necesidad de prometer nada. Pero el efecto tiene fecha de vencimiento. Cuando el árbitro marque el final del último partido, volverán las preguntas de siempre. ¿Alcanzará el crecimiento? ¿Habrá empleo? ¿Se recuperará el consumo? ¿Los acuerdos políticos resistirán la primera tormenta?

Entonces terminará el campeonato de fútbol y empezará, otra vez, el campeonato argentino por excelencia: el de las candidaturas, las alianzas, las encuestas, las operaciones y las especulaciones. Un torneo donde nunca hay tiempo suplementario porque, en realidad, nunca termina. Apenas cambia de temporada.

Y esa es, quizás, la mayor singularidad de la política nacional. Mientras los ciudadanos esperan respuestas para los problemas del presente, buena parte de la dirigencia ya está jugando el partido siguiente. Lo curioso es que, de tanto pensar en la próxima elección, corre el riesgo de olvidarse de que todavía tiene que gobernar hasta que llegue.

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