La prensa británica vuelve a falsear la historia para blindar la ocupación de Malvinas

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay una forma sutil de ejercer poder que suele resultar más eficaz que cualquier despliegue militar. Consiste en apropiarse del relato. En presentar una versión de los hechos como si fuera la única posible. En transformar una disputa histórica reconocida por organismos internacionales en una verdad ya resuelta. La reacción de parte de la prensa británica al discurso de Javier Milei sobre las Islas Malvinas volvió a exhibir ese mecanismo con una naturalidad llamativa: no discutió solamente las palabras del Presidente argentino; discutió, en realidad, el derecho mismo de la Argentina a sostener su reclamo.

Ese es el punto más inquietante.

Porque una cosa es disentir con la estrategia diplomática de un gobierno. Otra muy distinta es descalificar un reclamo de soberanía como si fuera apenas una vieja obsesión nacionalista sin fundamento histórico ni jurídico. Allí es donde aparece una operación discursiva que merece ser observada con atención.

Sky News fue uno de los primeros medios británicos en reaccionar. Su corresponsal describió el mensaje presidencial como una declaración contundente, aunque sin novedades. Hasta allí podría tratarse de una interpretación periodística legítima. Pero el análisis dio un paso más cuando redujo el reclamo argentino a una costumbre repetida durante décadas y, sobre todo, cuando afirmó que la Argentina nunca tuvo soberanía sobre las islas porque la pretensión británica sería anterior incluso al nacimiento del Estado argentino.

La afirmación parece contundente precisamente porque omite el contexto.

No es casual. Es una vieja tradición del relato imperial seleccionar cuidadosamente qué capítulos de la historia conviene recordar y cuáles resulta más conveniente dejar en silencio. La ocupación británica de 1833 aparece diluida detrás de una cronología presentada como inevitable, mientras desaparecen del cuadro las sucesivas protestas diplomáticas argentinas, la continuidad del reclamo desde el siglo XIX y, sobre todo, el hecho de que las Naciones Unidas reconocen la existencia de una disputa de soberanía pendiente de negociación.

Ese detalle resulta incómodo para quienes sostienen que el caso está definitivamente cerrado.

Si realmente no existiera controversia alguna, difícilmente el Comité Especial de Descolonización mantendría el asunto en su agenda desde hace décadas. Si la cuestión hubiera quedado resuelta por la historia, tampoco existirían resoluciones que instan a ambas partes a dialogar.

Pero esa parte del expediente suele desaparecer cuando ciertos medios construyen su relato.

La prensa británica suele invocar el derecho de los habitantes de las islas a decidir su futuro como si ese principio bastara para clausurar cualquier discusión. Sin embargo, evita explicar que el propio sistema internacional distingue entre el principio de libre determinación y aquellas situaciones originadas en procesos coloniales donde existe una disputa territorial previa.

No es un matiz menor.

Es precisamente allí donde se encuentra el corazón jurídico del conflicto.

Lo curioso es que el mismo periodismo que suele exigir complejidad cuando analiza conflictos internacionales adopta una extraordinaria simplicidad cuando se trata de Malvinas. Todo parece reducirse a una conclusión anticipada: Gran Bretaña tiene razón porque siempre la tuvo.

Es una lógica circular.

Más revelador todavía resulta el momento político elegido para esa reacción. El discurso de Milei no ocurrió en un vacío diplomático. Llegó pocas horas después de que Donald Trump introdujera incertidumbre respecto del respaldo automático de Estados Unidos al Reino Unido en esta cuestión.

Ese cambio de clima internacional parece haber alterado más a ciertos analistas británicos que las propias palabras del Presidente argentino.

Durante años Londres contó con una arquitectura diplomática relativamente estable, sostenida por alianzas estratégicas que parecían inamovibles. Cuando una de esas piezas comienza a mostrar fisuras, aunque sean apenas retóricas, el tono cambia. Entonces el reclamo argentino deja de ser simplemente una declaración habitual para convertirse en un mensaje que merece atención especial.

Y allí aparece otro elemento inevitable: el petróleo.

La prensa británica vinculó inmediatamente el discurso con los intereses energéticos del Atlántico Sur. Esa asociación resulta reveladora porque confirma algo que pocas veces se admite con claridad. Malvinas nunca fue únicamente una cuestión simbólica. Tampoco exclusivamente militar. Es, además, una cuestión económica.

Los recursos naturales modifican cualquier ecuación geopolítica.

Las reservas pesqueras, los hidrocarburos potenciales y la proyección antártica convierten al archipiélago en una pieza estratégica mucho más importante de lo que algunos editoriales pretenden admitir cuando presentan el conflicto como un simple anacronismo.

Tal vez por eso incomoda tanto que la Argentina vuelva a instalar el tema.

Puede discutirse si Milei eligió el mejor momento, el mejor tono o la mejor estrategia. Es una discusión legítima dentro de la política argentina. Pero otra cosa muy distinta es aceptar que desde Londres se pretenda definir cuáles son los límites permitidos del reclamo argentino.

Ningún medio británico aceptaría con serenidad que un periódico extranjero declarara inexistente una posición histórica del Reino Unido sobre Gibraltar o Irlanda del Norte. Sin embargo, cuando se trata de Malvinas, esa asimetría parece completamente natural.

Allí asoma una vieja herencia imperial que todavía sobrevive en ciertos sectores del establishment británico.

No se trata únicamente del Gobierno. También existe una cultura política que continúa mirando determinados territorios desde una lógica donde la continuidad administrativa termina convirtiéndose en argumento suficiente para justificar cualquier permanencia colonial.

La paradoja resulta evidente.

El Reino Unido suele presentarse como defensor del orden internacional basado en reglas. Pero cuando esas mismas reglas incluyen resoluciones que lo instan a negociar con la Argentina, el entusiasmo normativo pierde intensidad.

Ese doble estándar también atraviesa buena parte de su ecosistema mediático.

Porque el verdadero problema no consiste en que un periodista británico defienda los intereses de su país. Eso sería perfectamente comprensible. El problema aparece cuando esa defensa pretende disfrazarse de objetividad histórica absoluta.

Toda cobertura internacional parte de determinados supuestos.

La diferencia radica en reconocerlos o esconderlos.

En este caso quedaron demasiado expuestos.

Quizás el episodio deje una enseñanza inesperada. La cuestión Malvinas continúa despertando reacciones intensas precisamente porque sigue siendo un asunto abierto. No para la Argentina solamente. También para quienes necesitan convencer al mundo de que el capítulo ya terminó.

La historia, sin embargo, suele tener menos paciencia que los editoriales.

Los imperios acostumbran escribir primero el relato de sus victorias. Con frecuencia tardan mucho más en aceptar que otros pueblos conserven intacta la memoria de aquello que consideran una deuda pendiente.

Malvinas pertenece precisamente a esa categoría.

No porque un discurso presidencial lo determine.

Sino porque ninguna narrativa periodística, por influyente que sea, puede borrar que existe una controversia reconocida internacionalmente ni convertir una ocupación discutida en una verdad indiscutible.

Y tal vez sea eso lo que realmente incomoda a cierta prensa británica: descubrir que, incluso después de casi dos siglos, todavía no logró escribir la última palabra sobre las islas.

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