Tengamos los pies sobre la tierra

OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

ChatGPT Image 1 sept 2026, 23_37_49

multimedia.normal.bafb21c667547d1a.bm9ybWFsLndlYnA=

Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

En política internacional hay una regla que conviene recordar cada vez que un líder lanza una frase ambigua: una declaración no es una política de Estado. Sin embargo, cuando quien habla es Donald Trump, la tentación de convertir una insinuación en una revolución diplomática suele ser irresistible. Eso ocurrió cuando el presidente estadounidense dejó abierta la posibilidad de revisar la posición de Washington sobre la soberanía de las Islas Malvinas. Bastaron unas pocas palabras para alimentar expectativas en Argentina y provocar una respuesta inmediata desde Londres. El episodio dice mucho menos sobre el futuro de las Malvinas que sobre la forma en que hoy funciona la geopolítica: impulsiva, transaccional y profundamente pragmática.

La reacción británica fue casi automática. No hubo dudas, matices ni especulaciones. El mensaje fue que la soberanía corresponde al Reino Unido y que el derecho de los habitantes del archipiélago a decidir su futuro continúa siendo el eje de su política. Más que responderle a Trump, Downing Street pareció hablarle al mundo entero: las líneas rojas no se negocian mediante declaraciones improvisadas desde el Despacho Oval.

Ese contraste resulta revelador. Mientras Trump cultiva una diplomacia basada en el factor sorpresa, Londres apuesta por transmitir continuidad institucional. En tiempos de incertidumbre global, esa diferencia puede ser tan importante como el contenido mismo de las posiciones.

Lo más interesante es preguntarse por qué apareció este tema ahora. Difícilmente la cuestión Malvinas se haya convertido de repente en una prioridad estratégica para Washington. Existen conflictos mucho más urgentes ocupando la agenda estadounidense: la competencia con China, la guerra en Ucrania, las tensiones en Medio Oriente y el desafío tecnológico que redefine el poder mundial. En ese contexto, resulta difícil imaginar que la Casa Blanca decida alterar décadas de equilibrio diplomático únicamente para modificar su postura sobre el Atlántico Sur.

La explicación parece encontrarse en otro lugar. Diversas versiones indican que la referencia de Trump podría estar vinculada a presiones sobre el gobierno británico para incrementar su compromiso con el gasto militar. Si esa hipótesis fuera correcta, Malvinas no sería el objetivo de la discusión, sino una pieza más dentro de una negociación mucho más amplia sobre defensa y seguridad occidental.

Y allí aparece una lección incómoda para Argentina.

Con demasiada frecuencia, la política exterior argentina deposita esperanzas en cambios de humor ajenos. Cada nueva administración estadounidense parece abrir un ciclo de expectativas: que ahora sí Washington modificará su posición, que esta vez habrá una mediación distinta, que finalmente surgirá una oportunidad histórica. La experiencia demuestra exactamente lo contrario.

Las grandes potencias cambian gobiernos, pero rara vez abandonan sus intereses permanentes.

Estados Unidos ha mantenido durante décadas una posición cuidadosamente calibrada. Reconoce la existencia de una disputa entre Argentina y el Reino Unido, pero evita involucrarse de manera que altere su alianza estratégica con Londres. Esa ambigüedad le permite preservar relaciones con ambas partes sin asumir costos innecesarios. Cambiar esa fórmula requeriría beneficios mucho mayores que los que hoy ofrece el conflicto.

Trump representa, ciertamente, una anomalía dentro de la política estadounidense. Su estilo consiste precisamente en cuestionar consensos establecidos, desafiar protocolos diplomáticos y utilizar la incertidumbre como herramienta de negociación. Pero incluso durante su primera presidencia quedó demostrado que muchas de sus declaraciones terminaban siendo moderadas por el aparato institucional estadounidense.

La maquinaria del Estado norteamericano posee una inercia considerable. El Departamento de Estado, el Pentágono, el Congreso y las agencias de inteligencia no modifican décadas de doctrina por una conferencia de prensa. Esa es una diferencia fundamental entre el espectáculo político y la política exterior real.

Mientras tanto, el Reino Unido tampoco actúa desde la improvisación. La insistencia en la autodeterminación de los isleños no constituye una respuesta ocasional, sino una construcción jurídica y política consolidada desde hace años. Londres sabe que ese argumento posee mayor aceptación internacional que una defensa basada exclusivamente en la ocupación territorial. Por eso lo repite una y otra vez, incluso cuando las circunstancias cambian.

Argentina enfrenta entonces un desafío complejo: sostener su reclamo histórico sin caer en el entusiasmo cada vez que un dirigente extranjero pronuncia una frase aparentemente favorable.

La verdadera fortaleza diplomática no consiste en celebrar declaraciones ambiguas, sino en construir una estrategia consistente durante décadas.

Eso implica fortalecer alianzas regionales, aumentar la presencia argentina en organismos multilaterales, desarrollar capacidades científicas y económicas en el Atlántico Sur y convertir la cuestión Malvinas en una política de Estado que trascienda los cambios de gobierno. La credibilidad internacional se construye con persistencia, no con expectativas efímeras.

Existe además otro elemento que merece atención. El episodio revela cómo las islas pueden transformarse en una ficha dentro de negociaciones que poco tienen que ver con ellas. Si efectivamente Washington utilizara la posibilidad de revisar su postura como mecanismo de presión sobre Londres, Argentina quedaría observando una partida cuyos movimientos principales responden a intereses ajenos.

Esa realidad puede resultar frustrante, pero también ofrece una enseñanza valiosa: las disputas territoriales del siglo XXI suelen resolverse —o estancarse— según equilibrios globales mucho más amplios que los argumentos históricos de cada país.

La política internacional atraviesa una etapa de creciente volatilidad. Las alianzas tradicionales se tensan, los liderazgos personales ganan protagonismo y las declaraciones impactantes circulan con velocidad inédita. En ese escenario, distinguir entre ruido y cambio estructural se vuelve una habilidad indispensable.

Trump probablemente seguirá sorprendiendo con comentarios que alteran titulares en todo el mundo. Ese es parte de su método político. Pero las cancillerías trabajan con otros tiempos. Mientras los micrófonos amplifican una frase durante veinticuatro horas, los diplomáticos construyen posiciones que pueden durar generaciones.

Malvinas merece algo más que un ciclo permanente de ilusiones y desilusiones provocado por declaraciones ajenas. Requiere una estrategia paciente, inteligente y realista, capaz de comprender que el escenario internacional no premia el voluntarismo, sino la capacidad de convertir principios en influencia efectiva.

Quizás esa sea la mayor enseñanza del episodio. No conviene confundir una puerta entreabierta con un cambio de rumbo. En diplomacia, las palabras pueden generar titulares; los intereses, en cambio, suelen escribir la historia. Y mientras esos intereses permanezcan intactos, cualquier expectativa fundada únicamente en una frase pronunciada desde el Despacho Oval corre el riesgo de convertirse en otro espejismo que alimenta más ansiedad que resultados.

ÚLTIMAS NOTICIAS
Te puede interesar
Lo más visto
PERIODISMO INDEPENDIENTE