



Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
Los gobiernos suelen enfrentar dos desafíos al mismo tiempo. Uno consiste en administrar el Estado. El otro, mucho más complejo, es administrar el poder. Javier Milei parece haber comprendido rápidamente que ninguna transformación política es sostenible si el oficialismo no logra consolidar una estructura propia que sobreviva al entusiasmo inicial de una victoria electoral. Y es precisamente allí donde comienza a librarse una batalla menos visible, aunque posiblemente más decisiva que muchas de las discusiones parlamentarias.
Mientras el Presidente concentra su energía en la economía, la política empieza a convertirse en una responsabilidad creciente para su hermana, Karina Milei. No se trata solamente de ordenar un partido que nació con la velocidad de una campaña presidencial. La tarea consiste en transformar una coalición improvisada en una organización capaz de disputar poder territorial durante los próximos años.
La escena tiene una paradoja interesante. La Libertad Avanza llegó al Gobierno prometiendo terminar con las viejas prácticas de la política, pero hoy descubre que la construcción partidaria responde a reglas que existen desde hace décadas y que ningún gobierno logró modificar. Los liderazgos necesitan representación territorial, los dirigentes reclaman espacios, las listas generan conflictos y las ambiciones personales nunca desaparecen. Cambian los protagonistas. No cambian las tensiones.
En ese contexto debe interpretarse la reunión que Karina Milei mantendrá con los principales referentes bonaerenses y porteños. El encuentro no será apenas una fotografía de unidad. Será, sobre todo, un intento de establecer quién administra cada parcela de poder dentro del oficialismo y bajo qué condiciones se resolverán las futuras candidaturas.
La provincia de Buenos Aires vuelve a aparecer como el escenario donde se juegan todas las disputas relevantes de la política argentina. Allí confluyen distintos liderazgos que responden al Presidente, pero que representan formas diferentes de entender la construcción del poder. Sebastián Pareja expresa el armado territorial más cercano a Karina Milei. Agustín Romo simboliza la influencia política de Santiago Caputo y del espacio conocido como "Las Fuerzas del Cielo". Ambos comparten el mismo objetivo electoral, aunque no necesariamente el mismo método para alcanzarlo.
Las diferencias parecen hoy administradas con prudencia. Nadie quiere exhibir una confrontación abierta. Las fotografías compartidas y los gestos públicos de cordialidad cumplen precisamente esa función: transmitir una imagen de cohesión. Sin embargo, la experiencia política argentina demuestra que las sonrisas suelen durar hasta el momento en que comienzan a confeccionarse las listas.
Ese instante todavía parece lejano, pero en realidad ya empezó.
Toda organización política entra en una etapa distinta cuando deja de discutir ideas para comenzar a distribuir lugares de poder. Allí aparecen las verdaderas relaciones de fuerza. Los discursos sobre unidad conviven con la necesidad de garantizar espacios para dirigentes propios, aliados recientes y sectores internos que reclaman participación.
El oficialismo ya experimentó una muestra de esas tensiones durante los procesos electorales anteriores. Algunos espacios sintieron que habían aportado más de lo que luego recibieron. Otros consideran que el crecimiento del partido justifica una conducción mucho más centralizada. Ninguna de esas diferencias desapareció. Simplemente quedó postergada mientras el Gobierno concentraba todos sus esfuerzos en estabilizar la economía.
Ahora la política vuelve a ocupar el centro de la escena.
La incorporación de Patricia Bullrich agrega un nuevo elemento a esa ecuación. Su desembarco fortaleció institucionalmente a La Libertad Avanza, pero también incorporó una estructura política con dirigentes propios, legisladores que deberán renovar sus mandatos y aspiraciones que inevitablemente buscarán reflejarse en futuras candidaturas.
Bullrich no llegó sola. Llegó acompañada por un grupo de dirigentes que esperan continuidad política. Esa expectativa es legítima desde cualquier lógica partidaria, aunque introduce una variable adicional en un espacio donde los lugares disponibles nunca alcanzan para satisfacer todas las demandas.
La discusión, por lo tanto, ya no gira únicamente alrededor de quién conduce el partido. También comienza a plantearse quién representa verdaderamente al mileísmo.
¿Lo hacen quienes acompañaron a Javier Milei desde el inicio de su construcción política? ¿Aquellos que aportaron estructura territorial cuando el oficialismo carecía de ella? ¿O quienes se incorporaron después, aportando experiencia de gestión y volumen legislativo?
No existe una respuesta sencilla.
Karina Milei parece decidida a evitar que esas diferencias escalen hasta transformarse en una interna abierta. Su método consiste en concentrar las decisiones estratégicas y ordenar personalmente cada uno de los armados provinciales. Esa modalidad le permitió consolidar un liderazgo indiscutido dentro del oficialismo. Sin embargo, también concentra sobre su figura toda la responsabilidad por los inevitables descontentos que surgirán cuando llegue el momento de definir candidaturas.
La historia política argentina enseña que ningún oficialismo escapa a esa realidad. El poder atrae nuevos dirigentes, incorpora aliados y multiplica expectativas. Pero al mismo tiempo genera frustraciones entre quienes consideran que hicieron méritos suficientes para ocupar un lugar más relevante.
La diferencia entre un partido consolidado y otro en formación suele medirse precisamente en su capacidad para administrar esas tensiones sin que terminen convirtiéndose en fracturas.
Ese será probablemente el principal examen que enfrentará La Libertad Avanza durante los próximos meses.
Hasta ahora, el cemento que mantiene unido al espacio ha sido la figura presidencial. Los altos niveles de respaldo social de Javier Milei funcionan como un factor ordenador que desalienta conflictos abiertos. Pocos dirigentes están dispuestos a desafiar un liderazgo que conserva una fuerte legitimidad electoral.
Pero la política nunca permanece inmóvil. A medida que se aproximen las elecciones, crecerá la competencia por los lugares expectables y aparecerán nuevas discusiones sobre representación, protagonismo e influencia.
Paradójicamente, el mayor desafío para La Libertad Avanza podría no provenir de la oposición, sino de su propia evolución como fuerza política. Gobernar exige decisiones difíciles. Construir un partido también.
La diferencia es que los problemas de gestión suelen resolverse con medidas administrativas. Los conflictos de poder, en cambio, rara vez encuentran soluciones definitivas. Apenas logran administrarse.
Karina Milei parece haber asumido que esa será, desde ahora, una de sus principales responsabilidades. La estabilidad interna del oficialismo dependerá menos de las fotografías de unidad que de la capacidad para distribuir poder sin romper los delicados equilibrios que sostienen a una fuerza política todavía joven.
Porque toda construcción política atraviesa un momento en el que deja de ser un movimiento para convertirse en un partido. Ese tránsito nunca resulta sencillo. Y, muchas veces, define más el futuro de un gobierno que cualquiera de las leyes que consiga aprobar en el Congreso.






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