


Cristina como salvavidas: el peronismo vuelve a mirar al pasado para escapar de su propia crisis
OPINIÓN Ricardo ZIMERMAN

Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim1
El peronismo tiene una dificultad que ya no puede disimular detrás de los homenajes, las consignas épicas y las apelaciones a la militancia: sigue buscando en sus viejos liderazgos la respuesta a una crisis que también es consecuencia de sus propios errores. El acto encabezado por Máximo Kirchner en Lanús, al cumplirse 16 años de la muerte de Néstor Kirchner, expuso esa contradicción con una crudeza difícil de ignorar. Lo que debía ser una evocación de un ex presidente terminó convertido en una operación política para reinstalar a Cristina Fernández de Kirchner como figura excluyente de una reconstrucción que todavía no encuentra un rumbo convincente.
La propuesta de trabajar para liberar a Cristina y volver a hacerla presidenta no fue una frase más en un discurso militante. Fue una definición que desnuda la principal debilidad del kirchnerismo: su incapacidad para imaginar un futuro político que no dependa de la supervivencia de una conducción personalista. En lugar de discutir cómo recuperar la confianza de una sociedad que le dio la espalda en las urnas, Máximo eligió colocar nuevamente a su madre en el centro de todas las expectativas. Como si la respuesta a la pérdida de poder consistiera en insistir con la misma dirigente, incluso cuando su situación judicial y su trayectoria política constituyen obstáculos que no pueden borrarse mediante una consigna.
La comparación con Luiz Inácio Lula da Silva fue el recurso elegido para reforzar esa estrategia. El triunfo electoral del presidente brasileño, que consiguió imponerse después de una extensa trayectoria política y de atravesar un encarcelamiento cuyas condenas fueron anuladas por la Justicia de su país, sirvió para alimentar la expectativa de una eventual revancha electoral de Cristina. Máximo destacó que el Partido de los Trabajadores no se fracturó durante las dificultades que atravesó su líder. La conclusión que pretendió trasladar a la Argentina fue transparente: el peronismo debe permanecer unido detrás de la ex presidenta hasta conseguir su regreso.
Sin embargo, las analogías políticas no reemplazan el análisis de las diferencias. Las trayectorias personales, las circunstancias judiciales y los sistemas institucionales no se vuelven equivalentes porque dos dirigentes pertenezcan a espacios ideológicos próximos. La experiencia brasileña puede ofrecer enseñanzas, pero convertirla en una hoja de ruta para la política argentina es, como mínimo, una simplificación interesada. La unidad partidaria tampoco constituye una virtud automática cuando su principal propósito es garantizar la continuidad de una conducción antes que discutir los errores cometidos y las respuestas que exige el presente.
La reivindicación de Néstor Kirchner funcionó como el otro gran soporte del discurso. Máximo recordó la crisis de 2001, el ascenso electoral de su padre y las decisiones de aquella gestión que considera fundamentales para la recuperación del país. Evocó la cancelación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, las políticas de derechos humanos, la inversión pública y el desarrollo tecnológico asociado con ARSAT. También presentó a aquel gobierno como una experiencia capaz de devolverles dignidad y expectativas a millones de argentinos.
Pero la memoria política, cuando se transforma en una selección conveniente de los acontecimientos, pierde su capacidad para explicar la realidad. Los años de Néstor Kirchner forman parte de una etapa con condiciones económicas y sociales específicas, que no pueden trasladarse mecánicamente a la Argentina actual. Reivindicar decisiones de aquella administración es legítimo; convertirlas en una demostración de superioridad moral frente a cualquier gobierno posterior es otra cosa. El kirchnerismo parece sentirse más cómodo comparando el presente con sus mejores recuerdos que examinando las razones por las cuales perdió respaldo social y dejó de representar una alternativa mayoritaria.
Las críticas de Máximo al programa económico de Javier Milei apuntaron contra el ajuste, la política tarifaria, el deterioro de los ingresos y la eventual pérdida de control sobre recursos estratégicos. También cuestionó la privatización de AySA, la venta de Profertil por parte de YPF y el endeudamiento que, según planteó, afecta a las familias, las empresas y los distintos niveles del Estado. Son asuntos que merecen una discusión seria, especialmente cuando sus consecuencias recaen sobre quienes tienen menos herramientas para defenderse de la inflación, la caída del consumo y la incertidumbre laboral.
Sin embargo, denunciar las consecuencias sociales de un programa económico no alcanza para construir una alternativa. El diputado habló de recuperar salarios, jubilaciones y pensiones, de exigir una mayor contribución a los sectores con ganancias elevadas y de impulsar una política productiva que defienda a la industria nacional. Pero la enumeración de objetivos deseables no constituye, por sí misma, un programa de gobierno. ¿Cómo se financiarían esas prioridades? ¿Qué reformas permitirían sostenerlas en el tiempo? ¿Cómo se evitaría que una nueva expansión del gasto terminara chocando con las restricciones fiscales y monetarias que condicionan a la economía argentina? Esas preguntas no desaparecen porque la respuesta se envuelva en la consigna de la justicia social.
La descalificación del equilibrio fiscal como bandera del Gobierno tampoco resuelve el problema. La estabilidad de las cuentas públicas no garantiza por sí sola el crecimiento, la recuperación salarial ni la reducción de la pobreza, pero ignorar las restricciones presupuestarias tampoco conduce automáticamente a una sociedad más justa. El desafío consiste en combinar estabilidad, inversión, empleo y distribución del ingreso sin construir una nueva ilusión de prosperidad sobre desequilibrios que después terminan pagando los sectores más vulnerables. El peronismo debería haber aprendido esa lección después de sus propias experiencias de gobierno.
Hay, además, una contradicción política que Máximo no puede eludir. Reconoció la responsabilidad del peronismo durante la presidencia de Alberto Fernández, pero procuró distinguir aquella experiencia del proyecto que, según sostuvo, había llevado a la coalición al poder en 2019. La explicación resulta insuficiente. Si el espacio no consiguió cumplir las expectativas que había generado, no basta con recordar sus intenciones originales ni con atribuir las dificultades a empresarios, medios de comunicación o adversarios políticos. La autocrítica exige identificar decisiones equivocadas, responsabilidades concretas y mecanismos para evitar su repetición.
La advertencia sobre una eventual sustitución de Milei sin modificar su programa económico contiene, de todos modos, una preocupación atendible: cambiar un presidente no necesariamente significa cambiar las condiciones que originaron una crisis. Pero el mismo razonamiento debería aplicarse al peronismo. Reemplazar nombres sin revisar prácticas, recuperar consignas sin renovar propuestas y convocar a la unidad sin discutir liderazgos tampoco garantiza una transformación.
El problema de fondo es que el kirchnerismo confunde, una vez más, la reconstrucción del peronismo con la restitución de Cristina. La dirigente puede conservar adhesiones, capacidad de convocatoria y un lugar central entre sus seguidores, pero ninguna de esas condiciones demuestra que su regreso sea la respuesta que necesita una sociedad profundamente fragmentada. Además, su condena en la causa Vialidad y la inhabilitación para ejercer cargos públicos conforman una realidad judicial que no puede resolverse mediante la voluntad expresada en un acto partidario.
El peronismo necesita mucho más que una multitud dispuesta a corear el nombre de su conductora. Necesita explicar qué país propone, cómo piensa gobernarlo y por qué los argentinos deberían volver a confiar en una fuerza que todavía no logra ordenar sus responsabilidades ni superar sus disputas internas. Mientras esa discusión siga subordinada a la supervivencia de una familia política, la promesa de reconstrucción corre el riesgo de convertirse en una nueva vuelta sobre el mismo círculo.
Máximo Kirchner convocó a organizarse, debatir y prepararse para enfrentar al poder económico. Pero la primera batalla que el peronismo debería librar es contra su propia incapacidad para abandonar las certezas que lo llevaron a esta situación. La nostalgia puede servir para reunir militantes; no alcanza para recuperar una mayoría. Y si la única salida que el kirchnerismo consigue ofrecer consiste en volver a colocar a Cristina en el sillón presidencial, entonces su proyecto de futuro seguirá atrapado en una disputa con el pasado que la sociedad argentina todavía no ha resuelto.




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